Gratitud al hermano mayor
Celebrado el Día Mundial del Teatro en Matanzas con un reconocimiento en la Casa de la Memoria Escénica a Rubén Darío Salazar, por sus 25 años de vida artística. En el Espacio Memorias, se estrenó el documental Pasión titiritera, realizado por Marien Espinosa y Reinier Dávalos. Al destacado director de Teatro de Las Estaciones – quien leyó el Mensaje por el Día Mundial del Teatro, escritas por el actor John Malkovich - se le entregó la Distinción de Hijo Adoptivo de la Ciudad de Matanzas, por el miembro de la Asamblea Municipal Gustavo Fuentes. En la actividad también se le entregó la Distinción del Consejo Provincial de las Artes Escénicas, por Mercedes Fernández Pardo, presidenta del CPAE. Varias instituciones entregaron reconocimientos. El texto Gratitud al hermano mayor, que publicamos, fue escrito por Yanisbel Victoria Martínez para el aniversario. En la foto de Reinier Dávalos (Archivo de la Casa de la Memoria Escénica): Gustavo Fuentes entrega Darío Salazar el reconocimiento de Hijo Adoptivo.
Por estos días se habla y se cuestiona en Cuba, entre diferentes personas relacionadas con el mundo del títere, sobre el rol de los maestros, la importancia de la transmisión del oficio titiritero entre los jóvenes, el valor de ese aprendizaje... Así que como debo hablar de Rubén Darío Salazar Taquechel, aprovecho para expresar mi gratitud más honda ya que fue él mi primer guía, mi primer maestro en estos mundos de muñecos y retablos. Y eso nunca se olvida, así como no se olvida a quien te enseña a leer, a nadar, a alzar el vuelo.
Nos conocimos en 1996, yo tenía veintiún años, él treinta y tres, yo estudiaba aún en el ISA, y los títeres empezaban a ocupar el centro de mis días, él ya era el primer actor de Teatro Papalote, notable discípulo de René Fernández y líder del todavía incipiente Teatro de las Estaciones.
Por esas fechas me había quedado doblemente huérfana. Mi familia biológica no vivía ya en Cuba, y mi familia teatral -por aquel entonces Teatro Pálpito- acababa de cerrarme la puerta de casa. Me atraían los títeres por una vocación que se remonta a mi primera infancia, mas los hacía como buenamente podía, con el empirismo, la ignorancia y la inconciencia propias de una debutante, aprendiendo de mis muchos errores, tropezando con miles de piedras, y absorbiendo cual esponja todo lo que estaba a mi alcance (espectáculos, talleres, textos teóricos).
El aprendizaje directo con un maestro titiritero no lo tuve. El ISA por esas fechas no contemplaba al títere entre sus materias de estudio. Nuestra querida Universidad de las Artes cubana, fuertemente golpeada por el período especial, tenía además grandes dificultades para que los profesores no interrumpiesen su magisterio, dada la inestable situación económica de esos años. Fuera de los muros de Elsinor yo busqué puertas alternativas y muchas no se me abrieron. Sin embargo, al conocer a Rubén Darío Salazar este se convirtió, casi en el acto, en mi hermano mayor, ese que tira pa'lante de la familia cuando los padres faltan, ese que desde el cariño protege, enseña, regaña, vela por los suyos sin condición.
Rubén me abrió las puertas de Matanzas y su peculiar micro cosmos titiritero. Por él conocí a Zenén Calero, quien devino entonces “mi padrino”, llegué al Teatro Papalote, donde trabajé entre 1997 y 1999, así como en su Teatro de los Estaciones. Rubén me alimentó con libros, revistas, programas de festivales del mundo entero, y miles de informaciones que él celosamente conserva... Me enseñó las técnicas de animación, los principios de manipulación, y sobre todo fue trabajando a diario, sea en la creación y funciones de El guiñol de los Matamoros, o en un ensayo de La niña que riega la albahaca, sea en la redacción de la Mojiganga que juntos editábamos en Papalote, sea organizando el taller internacional de títeres; que me ofreció las mejores lecciones, que me transmitió con pasión y generosidad algo impagable: el amor, el respeto y la devoción más grandes hacia al teatro de títeres. Otra maestra, Beatrice Picon-Vallin, decía una frase que me gusta repetir: “enseñar en el caso del teatro no es llenar un cubo, sino encender una llama”. Y eso prendió Rubén en mí, una llama incombustible.
Por Salazar supe también del mundo del títere más allá de nuestro horizonte insular, y sin duda a él debo en gran medida el despegue de mi decurso internacional. Estudiando yo aún en el ISA, me habló de una fantástica escuela titiritera en Charleville-Mézières, Francia: “Tienes que irte de aquí” -me dijo- “vuela, apuesta por lo más alto, por lo mejor”. Y eso hice.
En 1999 me fui a estudiar a la ESNAM, donde sí tuve la suerte de aprender directamente de grandes maestros internacionales como Peter Washinsky, Roman Paska, Claire Heggen, Jean-Pierre Lescot, Fabrizio Montecchi, Bruno Leone, Jean-Luc Penso, Jean-Luc Félix, Brunella Eruli, Patrick Henniqueau, François Lazaro, Paul Zaloom; entre muchísimos otros.
Por Rubén supe también de compañías internacionales, una de ellas fue Etcétera, en la que trabajo desde 2007 como ayudante de Enrique Lanz. Formar parte de Etcétera es un premio para cualquiera que aprecie de verdad este oficio, es vivir un sueño a diario y con los ojos abiertos, porque es tocar al títere en su esencia y al más alto nivel. O diciéndolo en términos futbolísticos, es jugar en la primera división internacional, marcando goles y ganando ligas.
Y felizmente me consta que esa apertura de Rubén hacia mí no es exclusiva, sino es su norma frente a los más jóvenes que como yo, se acercan a él para iniciarse en este oficio. Porque Rubén ha seguido la evolución orgánica del aprendizaje de la mano de un maestro, René, y es consciente de la responsabilidad que supone portar esa herencia y legarla a quienes vienen detrás. Sabe que es compartiendo lo aprendido la única forma de que lo conseguido hasta aquí no caiga en saco roto, sino que nuestro arte titiritero continúe su crecimiento y evolución.
Creo que uno de los talantes principales de la obra artística de Rubén Darío Salazar -esa que hoy homenajean en su vigésimo quinto aniversario- es lo que hace de manera integral -como director de escena, investigador, editor, profesor- para el bien común del teatro de títeres, no para el suyo propio o el de su compañía. Estoy segura que en Cuba todos somos conscientes (aunque muchos no lo reconozcan públicamente) que Rubén es una "cabeza tractora", el líder que tira con vehemencia, conocimiento y tesón del carro del teatro de títeres nacional. Reconocerlo y agradecerlo ha de ser un deber de todos.
A mí todavía me queda la eternidad, la eternidad y un día para expresarle mi gratitud.
Yanisbel Victoria Martínez
Marzo 2012.
Desde Güéjar Sierra, Granada, en primavera.
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