"Lluvia de palabras" sobre las calles

Obra Lluvia de Palabras_Foto tomada de Youtube

Por Rolando Estévez Jordán

Una lluvia de palabras se ha propuesto lavar en lo posible cualquier mancha sobre el asfalto de las calles y el cemento de los parques; el grupo teatral El Mirón Cubano, dueño de un prestigio nacional e internacional en las lides del teatro callejero a nivel mundial vuelve con un extraño y sugestivo espectáculo, donde la poesía asegura que ella no es un género literario, sino mucho más: una magnitud provocadora y fértil, capaz de caer con toda su fuerza y lirismo sobre cualquier circunstancia humana, animal o vegetal.

Poesía del gesto y la palabra escrita o dicha, de la imagen individual o colectiva que cada uno de los ocho actores defienden desde una postura en la que el extrañamiento y el carácter eminentemente comunicativo comparten sin rivalidad la mecánica actoral que se esconde detrás de una aparencial “facilidad”.

Aunque los que llevamos algún tiempo por los derroteros del teatro sabemos que nada hay más difícil que un personaje abstracto, carente de historia o conflicto, pues el actor solo tiene un vestuario para defenderse, –en este caso también abstracto, sin motivo que marque identidad alguna– un recorrido de antemano dictado por la dirección, y sobre todo una carga comunicativa que lo enfrenta a públicos diversos.

Estos espectadores que no son para nada avezados en lo que a arte dramático se refiere, pero sí ávidos de que nuevos lenguajes les sean ofrecidos y que dinamiten el espacio peatonal de la ciudad y los enfrente a circunstancias “otras”, donde las artes literarias les sean ofrecidas junto a las artes escénicas, en un híbrido feliz que apunta hacia el performance, tendencia del arte contemporáneo de la que está bien necesitado nuestro teatro, tan anquilosado, en algunos casos, sobre los tabloncillos de las insuficientes salas teatrales.

El performance Lluvia de palabras, dirigido por Sonia Alejo y Tomás Ibáñez, bucea en la necesidad imperiosa que tenemos de que nos detengan en un parque o calle y nos lean o nos canten textos que exalten el alma humana, esa que por ratos parece que se va a desvanecer en un mundo signado por la frivolidad, la superficialidad y la desidia.

Palmas para estos artistas españoles invitados por la compañía teatral El Mirón…, pero también para los actores que defienden desde la pluralidad de sus sombrillas, cargadas de barcos polisémicos y simples como la vida misma, esta aventura donde el yo y el tú dialogan limpiamente, sin aparataje conceptual que enrede la madeja y sin súper producción que encarezca una vocación eminentemente sencilla y eficiente, salida de ese corazón que el hombre lleva en la cabeza y que hace que latan las neuronas a golpes de sangre y materia gris; porque también necesitamos un teatro de emoción e intelecto, sin que esto conspire en contra de la expresividad y el más sencillo entendimiento entre artistas y público.

Y en esta fusión también se deja ver otro componente contemporáneo de la compañía, porque desde hace mucho, ya no es tan potable hablar de un estilo, sino de muchos estilos que se mezclan, sin compromiso con una sola manera de decir; característica esta que apunta más bien hacia el aburrimiento y la abulia. Y la voz de los “mirones” es mixta, como mixto es el mundo que nos toca vivir en este siglo tan lleno de matices y de tonos.

¡Qué mucha lluvia de palabras disímiles y justas nos entreguen una y otra vez los hombres y mujeres de El Mirón cubano, para que sigamos andando las calles de esta y otras urbes, de la mano de Francisco y Rocío Rodríguez, y de todo el equipo de artistas y técnicos que marcha por calles y plazas, buscando en el transeúnte la contrafigura exacta, para volver a dialogar de todo lo humano, que para nada puede resultar ajeno; porque en ese diálogo van implícitos los aguaceros que seguirán lavando el asfalto, el cemento, el adoquín de cualquier posible contaminación de esta ciudad, esta Isla y este mundo!

Tomado de Girón

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