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Yovanni
Ferrer
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Siete poemas de
El otro mundo

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Una calle, un hombre
detrás de la espalda una ciudad comienza o termina, es lo mismo, aquí los amaneceres no son apacibles, el sol penetra y solo poso para esta cámara sin ver el mundo, sin ser el hombre de antes, solo este que inventa su rostro desde la otra acera.
Mussa Sangare
bien temprano, antes que salga el sol detrás de sus ojos, Mussa Sangare recita la oración de la vida. Camino del patíbulo, al consuelo del hambre, liberación de su yo profundo en este estanque donde crece y se ahuyentan los vocablos. Es solo el susurro de otra voz lo que calma, el venir de la arena sobre el cuerpo, la mansedumbre que espera el milagro de la salvación.
La oración de fatim
ahora que estoy solo mirando a las dunas, perdido en las retinas de esos que pasan y recuerdan en mí al extraño que ha de venir para saciar en la mesa, una mano puede ser el principio, yo también soy el hijo del profeta, yo también salvo esta distancia cuando escribo en las tardes y aúllo y tiemblo y miento.
Retrato de familia
vicarias sembradas a la entrada para que la puerta no abriese nunca, para no pensar, un diario de septiembre y el retrato escondido bajo la almohada, ósmosis, fusión de tu mirada y ese pelo suelto a mitad, ella canta, sonidos, la voz que vuela hasta no sé dónde pero existe en el fragmento, en el papel que inunda, de domingo comíamos arroz servido a palmos, degustado a solas para que la costumbre fuese solo otro recuerdo, otra forma de mirarnos entre las hojas y el polvo.
Reunión de grupo
tarde a finales de mes, de uno en fondo, reunidos al borde para ensayar esta palabra, hay tanta gente escondida, tanta gente que cree y sacia su lealtad en las pocas noticias, por eso invento una coartada, levito en las palmadas que aclaman mi excusa, no obviemos detalles, por la ventana penetra una brisa, tú tan lejos lees este informe escrito a ciegas sin fecha, solo anotaciones al margen.
De consulta
no comprenderás nada, serás presa de esta lengua que repta y lame los recuerdos, descubro sobre el mantel trazos, antiguas cartas de amor, números minúsculos, señales de los otros. Ellos vuelven, yo viajo entre sus dedos, sueño esas historias de la vida, invento mi nombre. Pecador y pecado, dos veces yo, el que lee, el otro espera, el que cae y vuela hasta los ojos mientras la mano hurga entre las marcas legibles de hoy.
Vocación civil
A Kalifa Lamine Coulibaly
cada poema representa una historia, un fragmento de mí. El poema y yo somos lo mismo, vestidos uno dentro del otro, envueltos en esa sed que solo la pobreza ofrece. Ahora elijo ser el otro, su huella, roce del viento, tenue rictus de tus labios que no dicen nada, miran a lo lejos y piensan: es difícil desprenderse de esta ropa de tantos años, ser el que parte y nunca ha estado, fantasma prendido en el portable para que el poema fabrique su estocada a ciegas mientras desde adentro la noche pasa. |