
Entre una browning
y la piedra lunar
1.
Recogimos una piedra lunar. Una de esas piedras rosadas que caen de la luna atraídas por la fuerza de gravedad. Una piedra del tamaño de un puño. Áspera a sobrerrelieve, laberíntica. Una piedra de luna fácilmente confundible con un coral. De fuego, en estado de excitación o extinción. Como un cerebro de miniatura. Por supuesto, fue Ipatria quien la nombró:
—Se llamará Clito –nos dijo–. La diosa solitaria y apócrifa de la historia y la sexualidad.
Y todos reímos de su ocurrencia al nombrar la piedra.
Como de costumbre, no entendíamos ni una sóla de sus palabras. Con el lenguaje nunca nadie la superó. Con la lengua tampoco. Por eso Ipatria tenía todo el derecho a nombrar. A ella y cada miembro del grupo. Y también a tragarse cada miembro de los cuerpos de cada miembro del grupo.
Ipatria era una gran boca abierta al estilo de un cero voraz.
2.
Una Browning de 15 tiros. Una pistola extranjera, como toda arma. Cargada, por supuesto, como en aquel tema anglo sobre la felicidad, cantado medio siglo o medio milenio antes del nacimiento de Ipatria: la felicidad es una pistola cargada, cansada.
Ipatria apuntó a lo lejos. Al vacío recóndito de la noche. A nadie y nada en particular. Ipatria apuntó en medio del parque de la Asunción. En el medio de Lawton, La Habana, Cuba. En medio de América y el planeta Tierra. Ipatria apuntó a la luna, hacia arriba. O al menos eso nos pareció. Entonces, de un súbito giro, se metió el cañón en la boca. Esa era su especialidad: usar la boca como amenaza inmediata de matar o hacerse matar.
—No juegues que está cargada –le dije–. O dinos dónde encontrar otra boca así.
Ipatria me miró. Desearía creer que sonrió. Gélida. Sudaba bajo la luz blanca del parque, filtrada entre los últimos pinos de la ciudad. Sudaba hasta por los ojos. Puede ser que llorara. Sudor frío, lágrimas adrenérgicas, entre otros fluidos androides que ningún humano ha visto jamás. Ipatria, la más solitaria y apócrifa de las diosas de la historia y la sexualidad. Ipatria, la madre de clito, browning, y el resto de las palabras. Ipatria, orate y lúcida como un círculo recortado de luminiscencia lunar. Ipatria se sacó el cañón de la boca.
Bajó la Browning de 15 tiros. Bajó sus brazos de neón anémico. Bajó las cejas, bajó los párpados. Bajó los dedos y el arma cayó a tierra, atraída por la fuerza de gravedad. La vimos rodar por el césped hasta llegar al fango, donde se encajó de cañón sin emitir quejido o disparo.
Nadie en el grupo se atrevía ahora a reaccionar. Ipatria tampoco. Se nos habían descargado en masa las baterías. La luna parecía una lápida desteñida de coral. De fuego, pero ya fatuo.
—Uno de estos días, ya verán –se alejó protestando Ipatria hacia su banco eterno del parque de la Asunción: el que no tenía respaldo.
De una u otra forma siempre todo empezaba así: a través de Ipatria y sus amenazantes frases que leíamos con imposible fascinación.
3.
Una noche decidimos recorrer en ómnibus la ciudad. Atrapamos al vuelo una 23, ruta trasnochada a lo largo y estrecho de la avenida Porvenir. Ya dentro, nos apilamos en la parte trasera, aunque nadie más viajaba en la guagua.
Serían las tres o tres y media de la madrugada. Y a esa hora el mundo casi no existe en La Habana: La Hanada, según Ipatria. A esa hora ya sólo existía Ipatria. Desnuda, como de costumbre. Bailando en cámara lenta con su piedra lunar. En público, en grupo. En un ómnibus propiedad del Estado. Ipatria lunática. Húmeda y ríspida, laberíntica. Ipatria petrificada y calva, cerebral y afeitada. Pura piel sintética sin accidentes. Ipatria, divino despilfarro desvelado de la d y otros demonios antidiurnos.
La rodeamos para protegerla de los curiosos que quizá en otro espacio-tiempo pudieran aparecer. La rodeamos para ponerla a salvo del paisaje irreal que corría a tope de velocidad al otro lado de las ventanillas, película mal fotografiada que íbamos dejando atrás: de Lawton a Luyanó a Centro Habana al Vedado. La rodeamos para verla, porque era ella el centro de nuestras noches en grupo, fuera en ómnibus o caminando: porque era ella nuestro eje gramatical. La rodeamos para que fuera libre de moverse al compás del motor, bailando sobre infinitas ondas cuánticas de un solo tono. Blanca, insonora, nano. Arcoiris monocromático de ningún decibel.
Y entonces la vimos meterse ahí dentro la piedra: a Clito, bien hondo por su entrepierna. Y después meterse ahí dentro también un puño, el derecho: sus cinco dedos cerrados en forma de arrecife coral. Nervaduras y venas, furia rosada, piramidal. Y meterse ahí dentro el resto de su brazo después, hasta quedar inválida, asimétrica. Y meterse ahí dentro el resto de su cuerpo, hasta casi desaparecer: medusa traslúcida a la altura de la avenida 23, rampa de lanzamientos para colocar su cuerpo invaginado en la luna, satélite genital devenido ahora muñón.
Más que desnuda, Ipatria bailó invisible en la parte trasera de la 23. Rodeada por nosotros, que de pronto ya no rodeábamos a nadie. Y todos sentimos nuestros sexos duros y babeantes, por la excitación de esa misma nada. Y ya no pudimos o no quisimos o no supimos evitar que su cuerpo se nos esfumara hasta quedar a flote como una niebla transnacional. Aire y asma y asfixia: smog del subdesarrollo, somnomemorias tatuadas en el hielo sucio de un cometa que nadie en el grupo supo si volvería a bailar. A brillar. Ni siquiera el chofer de la 23 que, por supuesto, en todo el viaje no se dio cuenta de nada: zombie institucional de correcto uniforme y reloj.
Esa noche nos despedimos sin rozarnos apenas. Ni el grupo ni Ipatria. Ni un beso. Ni un chiste. Ni una nalgada. Pero tampoco ni un sólo anuncio del fin. Cada cual solitario a su apócrifo hogar. A rebajarse el alma retorciendo los cuerpos sobre la cama, pensando en Ipatria: hedonistas y hastiados, onanismo autista. Siendo todos un poco Ipatria a esa hora sin hora. Rezando mientras nos veníamos con tal de que, por favor, Ipatria, ojalá reaparezcas la próxima noche en el parque de la Asunción. Ojalá que surjas de la nada, como siempre, tan lustrosa de blanco y sin un sólo pelo en el cuerpo. Con tu boca y tus manos ya listas para la acción que cada miembro del grupo imita ahora en su cuarto. Y, como siempre también, Ipatria, ojalá que en tu cintura refulja un arma sin alma llamada Browning, mientras en tu pecho plano pendule el puñetazo rosado de Clito, nuestra piedra lunar.
4.
Otra noche bajamos hasta el estadio, en la recurva de las líneas del tren. Nos tumbamos sobre la grama, a ciegas, y oímos en primer plano los pitazos de las locomotoras. Locas, locuaces. Formidables máquinas de importación, tan pesadas que las vibraciones rebotaban en nuestros pulmones a través de la arcilla y la clorofila dormida de la hierba profesional.
Daba la sensación de que los trenes avanzaban sobre el estadio. Que el terreno de béisbol estaba siendo bombardeado. Que no nos daba tiempo a una fuga. Que nos veníamos de miedo y frío entre los raíles, de puro pánico en paralelo, mientras una rueda aceitosa y bufante nos clavaría por detrás, placenteramente enterrando el dolor de nuestros esqueletos en la grama vegetal. Entonces Ipatria se paraba y comenzaba a dar gritos.
Eran chillidos de animal rebanado: partido por la mitad o abierto en canal. Ipatria, hembra desesperada que estalla por la boca con un hambre fónico, de piedra de amolar: laberíntica lija de gritos obscenos, acordes palatinos sin más armonía que el eco y la distorsión. Ipatria mal afinada bajo la carpa de estrellas ya muy aburridas de sus elipses y órbitas. Ipatria despertando a los vecinos al otro lado de las vías del ferrocarril.
Y entonces, para eludir la furia de las primeras luces encendidas y ventanas abiertas, el grupo completo interrumpía su sexo contra la tierra y nos perdíamos esa noche de allí. Con Ipatria a la cabeza, todavía estentórea: en estéreo. Faro de luminiscencia blanca en un pentagrama de clave sostenida menor. Todos otra vez con unas ganas cósmicas de regresar a nuestros apócrifos cuartos y, cada cual en solitario, revolvernos rabiosamente en la cama hasta eyacular o morir. Por más que la frase parezca una consigna sin misterio del peor ministerio estatal.
5.
A veces Ipatria usaba la Browning para hacer prácticas de 15 tiros. Con Clito. La zona del paradero de guaguas era la más apropiada, por remota y por el exceso de iluminación. Todos los postes del alumbrado público funcionaban allí, si bien la policía nunca se atrevía hasta esa zona de Lawton. Tampoco quedaban muchos vecinos. Por lo demás, desde allí se oía el rumor del río Pastrana, que dispersaba el eco hueco de cualquier disparo. Incluidos los de la Browning de Ipatria.
Ella colocaba la piedra a casi una cuadra de distancia: algunos pasos de menos, rara vez medio paso de más. Ipatria apuntaba entonces durante largos minutos, horas enteras tal vez, hasta poco antes del amanecer. Lo hacía siempre desnuda, sus nervios tiritando bajo el falso invierno nocturno y el peligro imaginario de aquel rincón muerto de la ciudad.
El grupo se limitaba a hacer silencio a su alrededor. La rodeábamos hasta hacer inservible su desnudez. Todo para que, de pronto, en 15 segundos de gloria, Ipatria descargase la ira automática de su cargador. 15 tiros con silenciador: 15 fogonazos de muda rabia. Y llegaba entonces el ritual de presenciar cómo Ipatria se volvía a vestir. Botines de plata, un vestido ancho y una bufanda de papel periódico sin imprimir. Todo blanco excepto la Browning, aquella pistola parda.
Era sobrecogedor verla empujar su piel dentro de la tela, como si no cupiera completamente en la ropa. Y tal vez por eso Ipatria se quejaba. Bajito: susurros y ayes. Apretaba los labios. Se olía las manos: sudor a punto de condensación. Intentaba introducirse de nuevo un milímetro más. Contorsionaba, luego ya en calma, y se relamía para ayudarse a enropar con su propia saliva. O con el rocío de su frente. O acaso fiebre. Hasta que Ipatria parecía quedar conforme de su apariencia vestida, y taconeaba entonces la distancia que la separaba de su diana o víctima o piedra lunar.
Tac-tic, reloj en contra de las manecillas del tiempo, tac-tic, anacrónica sin salvación: algunos taconeos de menos, rara vez medio taconazo de más. Así avanzaba hasta alcanzar el blanco de su puntería. Y recogerlo. Lo alzaba como si fuera un animalito cadáver, una mascota caída muerta del cielo, tan sólo para voltearse enseguida y mostrarnos su piedra convertida ahora en trofeo.
Por supuesto, las 15 monedas de plomo siempre estuvieron en su lugar. Ninguna bala de Ipatria jamás falló. Eran 15 marcas microvolcánicas sobre la superficie de Clito, puño pétreo y herido. Eran 15 punzonazos circulares: flor fornicada por 15 balazos o meteoritos de miniatura. Exactamente 15 infartos sin coágulo y 15 chapillas como centavos de importación. Una violación pedestre a disparo limpio, con humo remanente de lunar coralino: con olor a pólvora de Ipatria y su sabor a metal.
Entonces, antes de retirarse a quién sabe dónde en la ciudad, la oíamos silbar altaneramente aquel aire lánguido y anglo de la felicidad es una pistola cargada, cansada. Y, por más que lo hacía casi a quemarropa del grupo, Ipatria nunca estuvo más distante de todos que cuando acababa de disparar. Era imperdonable que, después de esperar por ella tantas y tantas madrugadas, Ipatria siempre nos abandonara así, en el clímax.
6.
Poco tiempo después comenzó la moda de los apagones. Los vecinos o los policías o ambos se robaron los bancos del parque y hasta los peldaños de las escalinatas de Lawton. Se robaron postes, farolas, cables, y talaron los últimos pinos para hacer leña en comunión. Levantaron aceras para construir túneles o catacumbas. Se emborracharon fermentando la clorofila del césped y, para colmo de información, de punta a punta del barrio clavaron dos mil pancartas a mano alzada: NO PASE, TERRITORIO MILITAR.
Ipatria se puso triste. O impávida. No parecía entender el espíritu épico de la época. Quería oponerse y no sabía qué hacer. Ni por qué hacer. Había extraviado su intuición planetaria. Se deprimía y ya no nombraba nada. Ni a nadie. Ni a ningún miembro de nadie. Incluso su cuerpo en público la aburría. Ya nunca se desnudaba rodeada por ningún otro cuerpo que le prestara atención. Hasta que a todos se nos fue olvidando aquella lengua rugosa y lisa que Ipatria tampoco ya usaba: se fue borrando su fonía de vocablos y gestos de cuando Lawton aún no era un cementerio de símbolos, sementerio en blanco donde lo único que persistía eran las esporas cactáceas del argot militar.
Era muy cruel ver así a nuestra Ipatria: los brazos caídos, las cejas caídas, los párpados caídos, la Browning de 15 tiros y Clito caídas también. La fuerza de gravedad era un telúrico telón que taponeaba su antiguo apetito. Por eso una noche en grupo lo decidimos. Sin Ipatria, contra Ipatria. Era necesario por todos: no hay grupo humano que sobreviva a semejante estado de compasión. Nosotros amábamos a Ipatria en su borrosa nitidez. Y lo criminal hubiera sido dejarla sobremorir así, como una mediocre más en las madrugadas inciviles del apagón.
7.
La amarramos. Aunque fuera el fin. El nuestro, el de ella. El de Lawton, el de La Habana. El de Cuba y América también. O tan sólo el final de Ipatria. No importa, es igual: la amarramos y ella no hizo el menor intento de resistir. Tal vez hacía mucho que se esperaba algo así.
Desearía creer que sonrió al verse prisionera, libre por fin, acaso burlándose en secreto de tanto pánico alrededor de su paz. Nuestra impotencia la fascinaba: marca defectuosa de fábrica de un grupo tan fracasado como toda nuestra generación. Desearía también creer que al final no fuimos más que conejillos de Ipatria, que fue ella quien desde el inicio así lo planificó.
Ya amarrada, la bajamos al túnel menos accesible del parque de la Asunción: el de los escalones de madera a medio construir. Allí la depositamos delicadamente en la galería, como una pucha de flor de muerto. Entonces la desnudamos y uno a uno le pedimos perdón.
—Ipatria, perdónanos –repetimos hasta que su mirada en blanco nos absolvió:
—Los perdono porque saben muy bien lo que van a hacer –pronunció desde su cuerpo tendido entre los cirios de bodega que nos robamos especialmente para el ritual.
Yo era el último en la fila. Me doblé sobre su silueta tumbada, recta como la manecilla ausente de ningún reloj, y vi cómo los alambres le cortaban la piel y la circulación. Ipatria tenía marcas profundas, pero no sangraba. De su vestido tan blanco aún le colgaban ripios que se confundían con las piltrafas blanquísimas de su piel. Blanco sobre blanco, una fuente de luz muy viva en aquel hueco negro. Y ese era todo su vestuario de cara al bestiario de nuestro grupo.
Le puse una mano en la frente. El sudor me quemó. Fiebre fría. Superficie de luna tras una explosión atómica cenital. Hongo lunático antes que alucinógeno. Se me hacía intolerablemente agresiva la belleza de una muerte en libertad, y no pude evitar escupir sus labios y abofetearla. Le di dos o doce o doscientas veces. Y entonces me despedí pegado a su oído al pedirle, por supuesto, perdón.
—Ahora te toca a ti –me respondió Ipatria para mi asombro, y deslizó su piedra roseta en mi mano, justo cuando el grupo ya se le abalanzaba.
La despatarraron. El olor de su sexo compactó todo el espacio y expandió un apetito animal, atávico. Cada cual hurgaba en Ipatria iluminándose con su propio mochito de cirio, cera tibia y goteante. Cada cual ávido por extraerle la rebanada mejor, la más nutritiva alícuota de su ahora muda locuacidad.
Tratábamos de triturarla. De diluirla en nuestros líquidos sin sentido, aseminales. De halarla cada cual hacia su propio delirio, deleite, delito. De ser posible, descuartizarla sin otra coartada que no fueran nuestros deseos de fragilidad. Al fin y al cabo, nosotros estábamos tan tristes o impávidos como Ipatria, y nunca entenderíamos tampoco el espíritu épico de la época, a la que queríamos oponernos sin saber por qué ni para qué: habíamos extraviado a Ipatria como ella a su intuición planetaria, supongo.
Hundí en ella mi mano hasta el antebrazo. En la derecha, yo aún sostenía su piedra de fuego coral. Tanteé órganos a ciegas, por su textura. El olor a víscera comenzó a dializarse dentro de mis pulmones y sentí náuseas: un vahído, una súbita erección. Quise quedarme de una vez en silencio, sin énfasis ni reiteración. Quise llorar en seco, aguacero anhidro, y no lo logré. Ningún gesto mecánico debía distraerme de hurgar en ella: no quería perderme ni un sólo resorte interno de Ipatria, muñequita de guata célibe bajo el trapo pornográfico de su piel.
No sé. Tal vez fuera un riñón. O el páncreas. O un feto. O un lóbulo de su intestino con heces petrificadas. No me importaba saber. Halé hacia afuera y se lo saqué: en mi puño izquierdo, el arma parda chorreaba vapores de óxido. Fue un parto fluido, ilegible y denso como la leche, sin sangre ni pus.
Mientras, el grupo entraba y salía de Ipatria. Sin puntería, al azar: sus detritos eran nuestro trofeo de caza. Inánime, ella parecía una estatua caída del cielo a la tierra por la fuerza de gravedad. Nunca se resistió ni quejó, dejándonos desamparados con nuestro pedestre ritual: violación sin víctima. El refugio entero comenzó a temblar. El amasijo de túneles y laberintos uteriformes parecía cambiar de mapa mientras el olor a pólvora y vísceras dinamitaba la atmósfera. El grupo seguía ripiándose los despojos de Ipatria, tan energúmeno como de costumbre, pero yo entendí que sobrevendría un colapso, que ya era hora de huir y salvar de aquella podredumbre los dos atributos ipatrios que yo heredaba del parto.
Y así lo hice: huí, tropezando de peldaño en peldaño por las escaleras de palo. Golpeándome hasta perder el sentido, sin inconsciencia ni dolor. Exiliado total sin otra patria que Ipatria. En mis manos empapadas de zumo lunático iban la piedra Clito, aún tibia de nieve, y la Browning suicida de 15 tiros, tan mortífera y melodiosa como en aquel tema anglo, cantado medio siglo o acaso medio milenio antes del nacimiento y muerte de Ipatria: la felicidad es una pistola cargada, cansada.
8.
NO PASE, TERRITORIO MILITAR, se lee aún en la pancarta a mano alzada del parquecito de la Asunción. Un paisaje devastado a ras de tierra. Con surcos de camiones y pisadas de pelotón. Todavía sin postes ni farolas ni cables. Sin pinos ni bancos. Sin aceras ni césped de clorofila amateur. Sólo quedan túneles abandonados y galerías subterráneas ya inútiles excepto como cadalso: catacumbas colectivas de nueva y última generación.
Ha pasado el tiempo, tal vez demasiado. Del grupo sólo sobrevivo yo y mis peregrinaciones al cenotafio de Ipatria, en pleno parque de la Asunción: monumento ignorado por los vecinos y policías de este barrido barrio. Las sicopastillas de importación, las inyecciones fumantes en vena, cierto indolente dolor político terminal, el sexo a solas como homenaje póstumo desde mi cama, y las retrobacterias asesinas caídas tal vez de la luna, se han encargado de diezmarnos. Mi misión ha sido sobremorir más allá de la desidia y la desmemoria. Y acaso ahora contarlo.
Desde entonces siempre cargo con el contrapeso de Clito y la amenaza de Browning, sin saber cuándo o cómo o con quién o por qué usar esas dos palabras. Pero igual sé que Ipatria tenía razón en aquel instante eterno de nuestra orgía funeraria: ahora me toca a mí.
Y así será mientras duren mis noches sin noche en este relato lato que ya a nadie cautiva en las madrugadas de Lawton, La Habana, Cuba y América, donde han taponeado todo nuestro vocabulario hasta trocarlo en un vocubalario de asfixia. Pero ahora me toca a mí. Y así será mientras no aparezca nadie capaz de nombrar a una piedra caída del cielo como un puñetazo lunar. Alguien que después practique a tiro limpio contra esa piedra, vistiendo únicamente la pistola desnuda de su propio cuerpo, como si en verdad fuera ella la diosa más solitaria y apócrifa de la historia y la sexualidad.
|