Feto

Ven -le dijo. Ella estaba detenida en la esquina de la calle, entre los escombros y la pestilencia. Estaba mirando a las ventanas del Hospital, buscando a ver si distinguía tras los cristales a la hermana corriendo de un lugar a otro de la sala, apretándose el vientre, desgarrándose en gritos y sollozos por los dolores punzantes del parto cuando oyó la voz que la llamaba. Una voz indefinida, una especie de hilo burbujeante como los ríos de agua que corrían por el contén de la acera. La llamaban y nadie estaba en aquel lugar oscuro de una ciudad vacía en las noches y en las madrugadas, una ciudad inerte como un cadáver. Ven – volvió a repetir la voz y entonces descubrió entre la basura a un feto con su boca desconsolada, con sus ojos suplicantes, con sus manitas abiertas, nerviosas. Ella no supo que imaginar: pensó en correr y perderse de aquella esquina donde crecían montañas de jabas llenas de basuras, desperdicios de comidas, algodones ensangrentados, guantes transparentes usados por algún cirujano, pero no lo hizo, quedó petrificada mirando al feto con su cabeza inmensa, viscosa, intentando pararse del suelo ennegrecido por el churre, como si fuera una serpiente. Pensó cerrar los ojos, restregárselos con sus manos congeladas, pero tampoco pudo levantarlas, moverlas. El feto extendía sus manitas como si quisiera que ella lo cargara en sus brazos, lo abrazara o lo amamantara, pero tampoco pudo sacudirse de su estatismo, y mucho menos creer que aquel cuerpecito entre la basura fuera la realidad que ella estaba viviendo mientras esperaba el parto de su hermana. Pensó que solo estaba soñando una amarga pesadilla de su frustración de querer ser madre, sin poder serlo. Él empezó a llorar, como lloran los recién nacidos, se agitó y pareció desmorecerse porque se puso morado y luego oscuro, como la noche. Alguien debía escuchar los gritos y seguro se iba a acercar, iba a reaccionar de manera diferente a ella. Iba a hacer lo que debía hacerse: cogerlo entre los brazos y llevarlo al cuerpo de guardia para que un médico lo atendiera y luego denunciar a la policía de la aparición de un feto olvidado en una esquina del hospital materno. Eso es lo que debía suceder, pero solo ella permaneció allí, oyendo aquellos gritos desconsolados, única testigo del intento de la criatura para que lo protegiera con sus manitas cada vez más ansiosas, sus ojos llenos de lágrimas, sus piececitos moviéndose intensamente, agitados, embarrados de la mugre del suelo de una acera estrecha, azul, por la mancha de aceite de los autos que durante el día paraban allí esperando partos que debían acontecer con niños robustos y sanos, nada famélicos como el que ella tenía delante. Creo que estuvieron mucho tiempo así, uno frente al otro, esperando ambos que algo sucediera, hasta que ella volvió la espalda y se alejó del lugar para sentarse en los salones vacíos del hospital junto al familiar de otra embarazada, que roncaba sobre un sofá. Allí se quedó hasta el amanecer, fumando incesantemente un cigarro tras otro. Con el corazón palpitante, las manos temblorosas, con los ojos fijos, como si aún mirara al feto esperando su indecisión eterna. De aquella extraña conmoción solo la sacó la noticia que pronto se regó por todo el hospital: un niño recién nacido había aparecido en la basura, comido por los gatos, cubierto de unas extrañas hormigas que le salían por la boca abierta y caminaban entre sus manitas extendidas.

Entre una browning y la piedra lunar / Orlando Luis Pardo Lazo

Destinos / Néster Núñez Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Revista Matanzas. Revista Artística y Literaria

Ediciones Matanzas, Cuba, 2008