Destinos
I
El tonto tiene una llave en la mano y se pregunta para qué. Camina desconcertado entre los que ejecutan sus roles de críticos de arte, oficinistas, guagüeros, madres... todos huyen despavoridos sin antes responderle.
Por lo general, los días del tonto transcurren sin que él tenga nada que preguntarse, y son días felices. En otras ocasiones el tonto siente que debería preguntarse algo, pero nunca ha sabido qué. También hay días en que se sienta debajo de un árbol y con su más digna expresión de tonto en la cara, se pregunta si en verdad tiene que preguntarse algo. Cuando esos días llegan el tonto come pan y toma agua y toma agua y come pan hasta que va al baño corriendo y suelta, con los excrementos, también las preguntas, para regresar aliviado a su tonta vida cotidiana.
Pero hoy, cuando despertó, tenía una llave de cobre en la mano y la pregunta para qué no quiso caer a la letrina. Mientras desanda la ciudad sin rumbo fijo la tiene metida en la cabeza: paraquéparaquéparaqué. Bien pudiera tirar la llave a un río, pero el muy tonto se limita a apretarla. Nunca se había visto que un tonto anduviera con los ojos tan estúpidamente cerrados.
Dobla la esquina más transitada y se da de bruces con una puerta. Absortos en sus roles de intelectuales, cosmonautas o mendigos, nadie se percata de que es absurdo, si no imposible, que esa puerta esté allí, en medio de todos y en perfecto equilibrio sin sostenerse de pared alguna. El tonto por fin la ve. Levanta la llave con lentitud y, empujado por el sentido común, esa fuerza tan rara en los tontos, la introduce en la cerradura. El ulular de las ambulancias, el manisero y sus pregones, un avión en el cielo, se detienen cuando el tonto va a hacer girar la llave pero otra pregunta, esta más inquietante que la anterior, le agita el cerebro. Si la abro, ¿qué encontraré del otro lado?
Es sabido universalmente que el principal enemigo de los tontos es la curiosidad así que los instintos básicos de nuestro tonto específico le dicen que debe hacer hasta lo imposible por deshacerse para siempre de las preguntas en general. Pero no sabe que el único modo es el suicidio, por lo que tontamente la emprende a patadas contra un ómnibus y un rascacielos hasta que por último destroza a puntapiés la puerta.
Acto seguido el mundo retoma su característico andar en círculos. En ciclos. El tonto mira a su alrededor. Detiene la vista en una que parece puta, en un señor que parece ministro con escolta, y en un ladrón. Se encoge de hombros. Todo le parece normal, menos estar parado allí.
Cuando decide caminar tropieza con unos pedazos de madera. Al lado, un niño llora. Sostiene una llave de cobre. El tonto los evade. Lleva en su rostro esa tonta expresión de quien no tiene nada que preguntarse.
II
Dio el último martillazo y con la puerta a la espalda bajó hasta la ancha avenida. Por la acera transitaban zapatos de todos tipos, pantalones, carteras, relojes, corbatas... Colocó la puerta y se dispuso a esperar.
Esperar era lo que siempre había hecho. Esperar a que alguien llegara y le dijera buenas tardes, usted es el creador, qué suerte, por fin he encontrado un colega. Servirle té al recién llegado, o café o al menos agua, para que descansara los cientos de kilómetros recorridos hasta por fin encontrarse. Escuchar que dijera somos más, pocos, pero hay otros. Después asomarse juntos a la azotea del rascacielos, entre las nubes, y mirar abajo los ómnibus conducirse solos, evitando atropellar algún paraguas o alguna pareja de bastón y gafas negras en su intento de cruzar la avenida. Preguntar entre risas, con el alivio de saber que hay otros, aunque pocos, de quién fue la idea de los botecitos en el canal, con sus remos movidos simultáneamente. No dejar escapar la ocasión de criticar al que modeló los aviones espías y los cañones que destruyen la Obra de los otros... Despedir al visitante en la noche con un fuerte abrazo y la promesa de un rápido reencuentro, para enseguida continuar creando, motivado por la certeza de que como él hay otros en el mundo, aunque pocos...
Eso ha esperado toda la vida, pero nadie ha llegado.
Está solo, frente a su puerta, viendo pasar a su alrededor tantos objetos. Con cierta lujuria reconoce las minifaldas que creó en la adolescencia, y los panes de los tiempos del hambre, cuando todavía no sabía crear manjares exquisitos, y los últimos relojes pulseras que exactos marcan el tiempo, construidos ya más reciente, justo cuando la vejez prematura, provocada por su intensa soledad, comenzó a asediarlo.
Su última obra sería la Puerta. Allí esperaría, hasta morir, que se abriera. De pronto escucha el sonido inconfundible de una llave penetrar la cerradura. Las gabardinas, los zapatos de tacones, los periódicos y hasta el propio aire, se detienen. El Creador es sacudido por una fuerte emoción. Alguien va a abrir, va a traspasar el límite, la vida pudiera cambiar, la soledad acabarse.
Todo lo que sucede es que el rascacielos donde vive cae, un autobús se estremece y la puerta de la esperanza, golpeada por una estúpida bota, se desintegra.
Luego, las cosas del mundo continúan inalterables su camino hacia ninguna parte, excepto una llave de cobre. El Creador la toma del suelo. Reconoce en ella la posibilidad perdida, y llora. Parece un niño inocente. Unas botas gastadas, que por unos segundos estuvieron también detenidas, lo evaden y prosiguen su andar hacia la nada.
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