Supernova
A diez billones de años luz
el universo es adolescente.
Esta mañana estás delante
del lavamanos, indiferente
a mis sentimientos. A mano
estás, mi gustoso sosiego
vive de ti: guitarra y rotos
jeans, usados objetos
que a una galaxia blanca
me llevan de regreso,
a la inicial luz tuya
en mí, tu pelo entonces
de azabache y espeso
como la secreta energía
donde aprendí de súbito
el florecer del universo.
Esta mañana,
sólo los más potentes instrumentos
—el amor y el pasmoso brillo
de la memoria— pueden distinguir
tu antigua delicadeza.
El espejo refleja
tu faz brillante y la cuchilla,
tu beso incidental.
La supernova absorbe la materia
de su astro compañero,
neutraliza las más
íntimas fuerzas como
la gravedad. No hay fuerza
más inmediata a mí que ésta:
la fragancia del rasurado,
tu piel parecida a la miel,
mi estrella declinante.
Cuando era niña, me advirtieron
Cuando era una niña me advirtieron
que como los anillos de un árbol
las líneas en el cuello
de una mujer pronto la delatan.
Una mujer era el vuelto
exacto y el carrito
de compras, pintarse los labios
en el tocador, la peluca
en el desván, inquirir
en alta voz si tú me fuiste
infiel. Y los colgantes
iridiscentes en una cajita
de joyas junto al lecho
para silenciar las sirenas
de sí misma, las voces
que provienen de mis
caras cremas que ahora
me incitan susurrando:
cubre, transforma, restablece.
Bajo la piel conservo
a la niña, una estrella brilla
desde mi pecho cada
mañana. Aunque la piel
se desgasta como un borde
y se fruncen los párpados
como la cinta
del ruedo de la falda,
yo he girado como una niña.
La canción del abuelo
Mi abuelo no está sordo, está medio sordo, lo que es peor según dice, nunca el mundo está envuelto en un tejido en una caja en una cinta vistosa bajo un árbol. Nunca estás dispuesto a preguntar. No, él no dijo esto, yo lo digo por él, y él lo aprueba.
Mi abuelo está casi sordo por dos motivos, me dijeron. Primero, su esposa, la madre de mi madre. Muchas veces él pretendió no escuchar, se convenció de no prestarle atención a lo que escuchaba: Tu esposa es un bulto envuelto, sacudido a perpetuidad.
Segundo, las fábricas de acero. El oído del esposo de la madre de mi madre contiene el sonido de su trabajo como una concha al Pacífico. Roto en cien pedazos según me contaron el trabajo destruyó a mi abuelo y cada fragmento aún contiene al mar. El mar y mi abuelo nunca son libres.
La carne de mi abuelo es roja como una rosa, tan roja como el centro de unos maliciosos ojos de perro. Toqué una vez su mejilla y me quemó. Su piel es muy roja por dos razones, me dijeron. Primero, es medio indio por parte de padre, quien robó a su novia, la madre de la madre de mi suegra, cuando ella se detuvo en un arroyo a limpiar las manchas de sangre de una caída. Él la robó, ellos dicen, y no la devolvería. Él no escucha: Indio dador, indio ladrón.
Segundo, las fábricas de acero. ¿Qué diferencia, le dije a mi abuelo, hay entre tu sangre que mira una novia que doblada lava en el horizonte y la sangre tuya que enfrenta al fuego que atizas y atizas hasta que mueres?
Tu abuelo está medio muerto, me dijeron. Tengo trece años y he visto a mi abuelo diez veces, pero recuerdo su color. Lo sé, dije. No, Kelly, casi muerto. Oh. Vivimos a un océano de distancia. El mensaje de su muerte cercana es encubierto, embotellado. Mi madre toma un avión, atraviesa millas de agua que tiemblan con la resonancia de sus latidos.
Después él está muerto y yo molesta, me dijeron. Deberías haber llorado, ¿por qué no lo hiciste: no lo querías? Me puse roja, pretendí no oír y no oí. Me convencí de no prestarle atención a lo que escuchaba. Toda mi vida esto ha resultado ser mi trabajo, mi rostro, mi acero.
Poema del tiempo
La señora sin hijos
que he conocido ahora
me dice que podría ajustar su reloj
por mi ritmo biológico.
El golfish de una niña parpadea
en una bolsa. Con su esposa un marido
discute porque ella contempla el reloj
—No tienes otra cosa que hacer?
Presos fosforescentes mueven
con palancas el suelo
junto a la carretera.
En el polvo que alzan
me imagino pequeños niños,
dentaduras rosáceas, cuerdas brunas,
frágiles como tallos de noviembre.
Algunos días son así.
Otros días yo soy mi Tía Edna,
la sangre de su corazón cosido
y recosido circuló
gracias a válvulas de cerdo
hasta su muerte. Una vez en la mesa
de la cocina me dijo que atendiera bien:
¿Oyes la diminuta, la floreciente ex-
halación, la clausura, el golpe seco?
En mí el Big Ben no existe,
ni Abuelo, ni activada
carga de dinamita.
Pero a veces lo oigo
—un barato cronómetro con el
que juega un niño.
Manecilla deshecha de cartón
o clepsidra: Un minuto para hallar
la respuesta, un minuto para hallar
algún sentido, un minuto para mover
tu tarjeta, un minuto para
brincar un muro.