Mauricio
Cifuentes La fuga
I
Nunca se había sentido juzgada por un desconocido como le había sucedido hacía un instante: hacía el mismo gesto cada vez que bajaba de los escalones de un teatro, de cualquiera que visitara; giraba ligeramente su cabeza y sonreía, con un movimiento inocente. Era una pose que resumía todo lo de infantil que en ella quedaba. Esta vez, al colocarse de espaldas a la calle, después de haber observado durante horas una representación de ballet, y hacer su giro característico con el cuello, lo vio. El joven, de un modo absolutamente irreverente, la observaba. Su boca hacía una mueca fea y sus ojos estaban cargados de reproche. Ficticia, esnobista, recargada vio Beatriz en los ojos lambiscados. Obnubilada al sentir que un extraño interrumpía aquel único momento de intimidad que se había podido permitir en semanas, se giró y con paso inmódico abandonó el teatro, sin esperar al grupo que la acompañaba y sin dedicarle su atención al observador.
La causa de su animosidad, y esto lo sabía, no se hallaba en la escena en sí misma, en el hecho de sentirse criticada, sino en algo más profundo, en una lectura más personal que había decantado de esta. “Me estoy volviendo indolente, soy incapaz de reclamar ante lo que considero injusto”. Se había considerado siempre una joven optimista y sentía que algo estaba cambiando ahora y no acababa de darse cuenta de qué. Dos años atrás, por ejemplo, no pretendiendo alterar la primera impresión que hubiera tenido alguien sobre sí misma, lo hubiera conducido lentamente hacia una segunda, y eso le daba gusto. Beatriz sabía, que en el reino del monocroma, hubiera sido una especie de figura espantosa demasiado recargada. Daba por cierto que la vida era un hecho imprevisto demasiado complicado y que no podía desgastarse en comprenderlo, siendo necesario encontrar todo el tiempo los atajos que no saltasen a la vista que la condujeran a su propia felicidad, al concepto que tenía de su felicidad. ¿Y qué era su felicidad después de todo? Podría resumirse en tres aspectos, si se quiere: períodos de fuertes pasiones, el carácter efímero de estas, y la impredecibilidad de las mismas. Y mientras caminaba hacia su edificio, iba comprendiendo lentamente que a medida que pasaban los años se iba alejando irremediablemente de su propio concepto de felicidad. ‘‘¿Cuál es la causa? Yo siempre he visto un encanto vicioso en las situaciones nuevas y no anunciadas. Yo tengo sangre de conquistador, de caudillo. Amansar lo que se presenta indómito me llena de vigor, me hace sentir viva. Romper contornos, soguear una porción de tiempo hasta tener el dominio sobre esta, me pone en estado de excitación indescriptible. Solo de este modo puedo determinarme’’. Y en ese instante del monólogo interior, Beatriz halla la respuesta, que le produce risa, sardónica y desvergonzada, muy similar al gesto cándido de colocar el cuerpo como las vedettes de décadas pasadas en los portales de los teatros. ‘‘Ya me conozco demasiado a mi misma’’.
II
Las muchachas como Beatriz poseen una belleza atemporal, sempiterna, similar a la de las doncellas de los óleos de Leighton, que a diferencia de estas nunca consiguen proporcionarnos paz. Esta belleza se debe no solo a características físicas específicas (color de los ojos, textura de piel o a proporciones de la frente, la nariz o la boca) sino a un cúmulo de cualidades morales que ellas logran reflejar en su naturaleza corpórea: comedida inocencia, voluntad innata, carisma, etc. Cada elemento de sus anatomías se encuentra indivisiblemente unido a sus estados de ánimo y a sus cualidades humanas, por lo que no es raro que al verlas, para poner un ejemplo, llorar, le parezca a uno apreciar que sus uñas y sus cabellos lloran, o al verlas reír de alegría sienta como sus pechos y sus rodillas también lo hacen. Por desgracia, estos ángeles caídos suelen degenerar sus encantos a medida que van creciendo: la asimilación de la sociedad que las rodea las va volviendo cada día más dependiente de la misma, engulléndolas de los caracteres y padecimientos que las rodean, convirtiéndolas, indefectiblemente, en seres comunes. Es por ello mucho más fácil presenciar a una niña con semejante belleza que a una mujer adulta, y más raro aún, encontrar a alguna que, habiéndola tenido, si quiera la recuerde o lo haya sabido.
Todo esto pensaba César mientras revelaba un rollo en la semipenumbra y observaba a Beatriz en las nuevas fotos que iban secándose. ‘‘Esta foto sería muy la que tomaría Weston… demasiado Walman para mi gusto, parece que estoy flotando… Esta pose no, por favor, que haces que me sienta como una modelo de Cindy Sherman…’’ A medida que iban apareciendo nuevas él iba acordándose de todos los comentarios que ella había hecho mientras la retrataba en su habitación. No paraba de ametrallarlo con nombres de fotógrafos, con líneas y tendencias de la fotografía del siglo xx que sabía que él desconocía. Para César la fotografía consistía en atrapar un momento, en desfigurar un mensaje, en enmarcar un instante con tempos propios de la poesía. Todo lo que se derivara de esta sentencia le sabía a puro tecnicismo, a discurso innecesario. Cada foto tomada por si mismo se le antojaba como un concierto de grises; todas en conjunto tenían un carácter de dedicatoria, de renuncia individual ante una inagotable riqueza colectiva.
Mientras archivaba sus nuevas adquisiciones en una carpeta (escribía títulos al dorso de estas como ‘‘1 y 1 son 3’’, ‘‘petisú ’’, ‘‘náusea’’), reparó en un detalle de las fotos que hasta ese momento se le había escapado: fuera del foco, a un costado de la habitación, un espejo ovalado que había sido de su abuela lo reflejaba con las manos en la cámara y el trípode. Como las fotos habían sido tomadas al atardecer, toda la luz que entraba de la ventana se concentraba en el medio de la habitación donde se había colocado Beatriz para ser fotografiada, la que, debido a sus insistentes intromisiones para evitar repetir una postura afectada o ya gastada, lucía chocantemente natural e interesante. César, que estaba en un ángulo de la habitación con poca luz, se reflejaba en el espejo como si fuera una sombra, como si fuera la sombra de Beatriz. Porque daba la impresión, en efecto, de que aquel recorte falto de claridad que se había formado en el área del espejo constituía una prolongación de la imagen que se proyectaba en el primer plano de las fotografías. Le llamaba tanto la atención ese detalle insignificante, porque él mismo se había sentido siempre una proyección de Beatriz, que repetía sus mismos gestos, exentos del sentimiento que ella les ponía y del significado particular que tuviesen en cada momento; una imagen que estando cercana a ella siempre aparecía deslucida, desenfocada, una silueta cosida a las extremidades de una hembra de su especie. Sabía que esa pausada finalidad de subordinación, se había colado en la porción brevísima de tiempo que captó su lente, concediéndole al producto final de esta acción un carácter ‘‘confesor’’ que de ningún modo hubiera podido lograr a conciencia. Porque para César el ejercicio de amar a una mujer requería de cierto tránsito de sumisión y abandono, de un acondicionamiento previo, rayando a la negación del alma racional. Y el amor le pareció desde siempre un sentimiento serio, muy serio, que nunca trató de comprender ni redimensionar, porque disfruta no tan en el fondo de ese miedo que le produce verse tan expuesto a la burla de sus semejantes, necesitando contrarrestar las situaciones que pareciendo fuertes son en verdad blandas (aquellas en las que tiene que recurrir a todo su ingenio, aplomo y carisma), por unas que presenten un falso carácter de flojas (verse a sí mismo doblegado ante un sentimiento puede interpretarse como una debilidad de carácter), pero que le otorgue ese escaso instante en la naturaleza de un hombre en que logra apreciarse a sí mismo con la exactitud que le confiere a este juicio el desprendimiento de los factores externos que se suman al resultado final de una apreciación. Sabe que este momento poco común resulta sencillamente maravilloso, pues el individuo regresa por unos segundos a su estado primitivo de humanidad donde cada contorno es sopesado sin matices ni influencias, y que el carácter radical del evento está dotado de una fuerza similar a la del llanto que le entregan los niños a la vida que recién comienzan cuando reciben su primera nalgada: disparándose la adrenalina ante la perspectiva de encontrarse en un nuevo mundo donde todo debe ser nombrado.
III
De hecho, Beatriz iba perdiendo de modo inexorable aquella inocencia que le permitía ser dulce y accesible. Cada nuevo día que iba dejando atrás, se sentía más frívola. Y es por eso que ahora, sentada en su terraza con vista al mar, mientras leía un libro de entrevistas a personalidades de la historia, se preguntaba como no había descubierto antes, que ella era un personaje de ficción, dotada con la esencia de los grandes románticos de siglos anteriores, con ese punto exquisito de sensibilidad humana que solo poseen, en cualquier época, reducidos mortales. Dejando el libro con preguntas a Groucho, Picasso y Mae West, comenzaba a asimilar la certeza de su razonamiento. No sentía miedo, lograba canalizar su rabia y pensar con calma, comprendiendo que era este un momento único. Levantándose del columpio, se acercó al muro de su balcón, el que estaba de espaldas al mar, y se puso a observar a las personas diminutas que llenaban la avenida que se veía debajo. Quiso descubrir alguna particularidad pero todo el mundo parecía ir demasiado rápido, a un mismo ritmo, y se le perdían. ‘‘Yo no voy a encontrar todas estas respuestas. Yo no tengo la capacidad para hacerlo. Yo soy el feto abandonado de los tormentos de otro, de alguien a quien no conozco, que me introdujo en un molde, dotándome con las cualidades que él consideró serían las correctas para… ¿Para qué? Pero, ¿sería correcto preguntarse eso en realidad? Creo que no. Lo único que necesito saber es ¿Quién puede sentirse con el derecho suficiente de crear a alguien a su imagen y semejanza, o mejor dicho, a la imagen y semejanza de sus mejores u obscuros instintos? ¿Quién tiene la capacidad de discernir a ciencia cierta que es bueno y que no, que valores son los que deben predominar en un ser humano por encima de otros? Yo soy un personaje ficticio con reacciones definidas, y dado que he descubierto qué soy, se supone que actúe de un modo completamente inconsistente e incoherente al que mantenía hasta el momento, que me deje llevar por la carga que me debe producir haber conocido la naturaleza de mis emociones. Yo no quiero ser parte de este juego. Yo no quiero seguir representando un papel protagónico en una historia que no me pertenece, en la que no sé si quiera participar. Esto es demasiado, es demasiado’’.
Esta imagen, aparentemente incongruente y poco lógica de una adolescente desolada, que observa a los transeúntes de una céntrica vía, mientras debate interiormente el sentido de su existencia, puede confundirnos. No está abatida ni atormentada, pues estas dudas no son nuevas. Y es curioso que hasta este momento haya evitado cuestionárselas seriamente, y es que su objetivo no es hallar las respuestas a ninguna de ellas, sino planteárselas de un modo distinto, más teatral. Porque para Beatriz la vida son imágenes, momentos incidentales, fugaces. Necesita drama; intuye que jóvenes como ella son rápidamente moldeables y adaptables a la sociedad, pues necesitan vivir emociones similares a la de salir huyendo a pie de un teatro mientras se cuestiona principios vitales, algo que no haría en otras circunstancias. Y estos ciclos aumentan su radio y cada nuevo que llega es exageradamente mas complicado que el anterior. He ahí que esta secuencia natural la haya conducido a una escena como la que vive en este instante. Sabía que no debía preguntarse quien había sido el autor que la había colocado en aquella terraza, sino cuánto control real poseería este sobre sus acciones y que métodos serían efectivos para anular el poder que tiene de facto el autor sobre un personaje. De saber quien la creó, solo estaría obteniendo otro dato sobre su origen. De descubrir las incógnitas restantes, obtendría un mérito bivalente: ser un experimento literario, del que solo se espera que pueda estar por encima de su condición, y que sabiendo esto se siga sintiendo humana; y, siendo humana, saberse dentro de los límites imperiosamente colocados por un imprudente que la convierten en un ser moldeable; constituye ciertamente un acto de auto-expiación. Beatriz se enfrenta a todo porque necesita huir todo el tiempo de algo.
IV
—Beatriz… No te esperaba, pasa.
—César, rápido, déjame ayudarte a recoger lo que te pueda ser indispensable para el camino. Tenemos que fugarnos.
—Vaya. Pensé que llegaríamos a viejos sin que me propusieras algo como esto.
—Oye, estoy hablando en serio. Aquí tengo, en mi bolsa, todo lo que necesito. Es que hoy he arribado a una conclusión trascendental para nuestras vidas, y es necesario salir huyendo de aquí.
—Así ¿Cómo es eso?
—Mira, acabo de comprender que tú y yo no somos en realidad lo que creemos que somos…
—Aquí tiene que haber algún tipo de broma…
—Déjame terminar.
—Venga.
—Yo lo que descubrí es que tú y yo no somos en verdad lo que pensamos hasta este momento, sino dos personajes, con nombres escogidos, con caracteres definidos, con situaciones creadas por alguien.
—Ya ¿Y por qué tanto alboroto?
—¿Cómo que por qué? ¿No te das cuenta lo asquerosamente difícil que es vivir con la certeza de que cada lugar que visites, cada gesto corporal, y posiblemente, cada reacción sentimental que tengas no sea natural, ni auténtica, sino seleccionada con antelación y escrita por alguien? ¿Qué este momento ya haya sido pensado, que el escritor de esta secuencia ya conozca cómo va a terminar?
—No veo de qué modo cambie la capacidad que tenemos de ‘‘sentir’’ cada una de ellas con esta nueva ‘‘revelación’’ tuya.
—¡Que no son nuestros sentimientos, sino los de otro, César!
—Ven, vamos a sentarnos, voy a decirte qué creo.
—César…
—Será un momento nada más, te lo prometo.
—A ver, dime.
—¿Qué te pasa en realidad?
—Tengo miedo, César.
—Miedo a qué.
—No a qué si no de qué. Tengo miedo de lo que sé en qué me estoy convirtiendo.
—¿?
—¿No te das cuenta? Siento que esperan que comience a ahogar lentamente el personaje creado por un autor que hay dentro de mí, para dejar crecer al formado por las circunstancias, al que es fruto de cada tropezón, lleno de incongruencias y de ridiculeces. Y yo no quiero eso. Yo no quiero ninguna de esas dos opciones.
—Vamos a recoger un par de cosas. Voy a llevarte a un sitio que te va a hacer sentir mejor.
Caminando por un parque con amplios espacios de verdor y césped, Beatriz daba saltos y giros, y se revolcaba por la hierba como si fuera un perrito. Con la boca llena de pajilla, se tiraba sobre los hombros de César y los cubría con sus brazos, mordisqueándole ruidosamente el cuello. César, que se sentía cansado, respondía las caricias con ronroneos. Entendía la reacción de alegría de Beatriz, pero no la imitaba. Le iba contando como él también descubrió un día que nada de lo que hiciese sería nunca completamente original, que cada década vivida iba otorgando al mundo una visión de conjunto, donde cada vez sería menos necesario negar todas las corrientes fotográficas que le antecedan, para crear una foto original, y mas determinante, el que sepas por qué quieres tomarte esa foto, dejando de importarle, desde ese momento, qué actos realiza sino el sentido que le otorga a cada uno de ellos.
Beatriz dejó de prestarle atención a César y comenzó a desprenderse de la escena que estaba viviendo, a situarse fuera de esta y verla como si fuera una de las fotografías de César, una de sus explosiones de grises. ¡Se sentía tan a gusto! Personaje de ficción o no, auténtica o producto de una simbiosis cultural de la que recién se estaba enterando, involucrada en los eventos o en esa cómoda posición de observadora de ellos, Beatriz comprendía que contrario a lo que creía, no le iba a costar trabajo ser feliz en el futuro. ‘‘Crecer es un acto difícil’’ se dijo ‘‘pero no puedo permitirme desaprovechar esta experiencia solo porque lo sea. Yo sé que el resto de mi vida será un acto de fuga, una fuga de regreso a estos años de juventud’’.
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