El circo del coronel Jiménez, de Ariel Rodríguez
Ediciones Matanzas, 2008
Un circo que se las trae...
En términos de literatura infantil, cada tradición recoge dos o tres volúmenes que sobreviven la persistencia del tiempo y los vaivenes de la Historia, para instalarse en esa dimensión a veces confusa que llamamos universalidad. No me refiero —tampoco pretendo menospreciarlo— a esos textos reescritos a partir de cierta tradición oral, sino a aquellos donde los personajes y la fábula dejan de ser meras abstracciones, para asomarse por las hendijas más estrechas de la condición humana.
Dentro de estos últimos, me han llamado la atención, tanto de niño como de adulto, los que contienen ese aderezzo esencial, sin el cual se correría el riesgo de subestimar la articulada agudeza de los pequeños, que es el ingenio, la picaresca sutil, ese aparentemente pueril sentido del humor a través del cual el niño-personaje disecciona un mundo que aún le es extraño. Pienso en Tom Sawyer y su socito Huckleberry Finn, Pippa, el Pequeño Príncipe, por qué no; y, con menos ingenuidad, la punzante Mafalda, por citar solo unos pocos ejemplos…
Digo esto porque creo que uno de los elementos mejor aprovechados en El circo del Coronel Jiménez (Ariel Rodríguez Abreu, Matanzas, 1970) es acudir desenfadadamente a esta tradición para tratar de despejar a sus personajes infantiles de cierta candidez insustancial que, por momentos, ronda a este género, y hacerlos interpretar la realidad con ojos curiosos, ávidos de experiencia y poder de discernimiento. Más que lidiar con hadas, duendes, mariposas o moralejas trilladas, los niños del batey donde se desarrollan los acontecimientos se ven envueltos en singulares circunstancias protagonizadas por un mono bastante travieso y algo ladrón, una misteriosa mujer con sombrero, un águila gigante, un tigre que parece un majá Santa María, faraones egipcios, canguros y jirafas, un día de nieve en el trópico y hasta un cinematógrafo fantástico… Personajes, objetos e historias que, entrelazados, trastocan la apacible vida de los lugareños, al llegar este circo comandado por el Coronel Jiménez, un mago melancólico que no escatima imaginación a la hora de sacarse de la manga los más increíbles trucos. Un ser algo taciturno que les ha otorgado un don inapreciable: cambiar mágicamente su entorno, sacarlos del tedio diario, de la cotidianeidad más elemental.
Ariel Rodríguez no echa mano a recursos de vana sofisticación para armar su universo "patas arriba", sino que recurre, apoyado en un humor de raigambre costumbrista y rural, a una serie de viñetas como soporte para conducir el hilo principal: la historia de amor imposible entre el Coronel y la señorita María, hija del dueño del central. Conflicto que nos llega a través de la visión del protagonista, un niño un poco travieso e intuitivamente opuesto al pragmatismo que rige la vida diaria de él y sus vecinos, que no titubea en espiar este romance con sus amigos, ayudar incondicionalmente al mago en su propósito, burlar la autoridad y armar pequeñas revueltas, siempre conciente de que el fin justifica los medios, que, sin duda, lo hace todo por "una buena causa".
El circo del Coronel Jiménez pudiera definirse como un libro apto para niños dispuestos a desplegar su imaginación, a sonreír, romper la monotonía y desafiar las normas arbitrarias con ingenio y picardía. El empeño de Ariel ha comenzado a rendir sus primeros frutos, ha comenzado un viaje lleno de peripecias y de final incierto, al que nos sumaremos siempre que nos propongamos ver un poquito más allá de las certidumbres que el día a día nos pone en el camino.
Boris Badía
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