Tres somos tres, texto y puesta en escena de
René Fernández Santana. Teatro Papalote, 2008.
Tres somos tres: otra vuelta a los clásicos
Con el estreno de una versión muy a la cubana de Los tres cochinitos, el teatro Papalote de Matanzas ha verificado una vez más la probada eficiencia de los clásicos y las posibilidades que aún ofrecen a la creación artística si se les aborda con inteligencia, frescura e imaginación.
Ya el colectivo tenía suficiente evidencia de ello desde su fundación en los años 60, y muy especialmente a partir de 1991, cuando estrenó, con solo dos meses de diferencia, Otra vez Caperucita y el Lobo y Una cucarachita llamada Martina, piezas que han permanecido activas en el repertorio de la compañía. Su última versión de un cuento clásico había sido Feo (1999), el cual hace una década marcó un hito en la historia de ese colectivo titiritero.
La llegada a las tablas en abril último de Tres somos tres ha vuelto a validarlo. Esta vez su autor, René Fernández Santana, trae la acción al campo cubano como pretexto para lanzarse a búsquedas en torno a nuestra identidad.
La obra, concebida para niños, se vale del recurso del teatro dentro del teatro —tan apreciado por este director— y comienza con el arribo a cierta granja de un paquete postal que "un famoso escritor" remite desde un país frío. En él viaja un lobo "de fantasía abracadabrante", cuya llegada desencadena en el pacífico entorno la conocida aventura de los cerditos: todo un juego escénico donde se aborda sutilmente la vocación de super-vivencia de lo autóctono ante intrusiones colonizadoras, problemática que también afecta al niño cubano de hoy, y en cuyo contexto se ubica con gracia, sin panfletos, al convertir a los cochinitos en burlones guías de turismo.
Siempre en juego consigo mismo, el autor nos desliza evocaciones de Los siete chivitos, Caperucita Roja u otros lobos de su repertorio, con su característica afición a la intertextualidad que descubrimos desde el título, donde resuena una canción de su propia infancia: la de las aventuras radiales de Los tres Villalobos.
Esta es —como la mayor parte de su repertorio-- una pieza muy titiritera, con situaciones épicas y divertidas, en la cual juegan las palabras y donde personajes sencillos desarrollan una trama cuya aparente simplicidad cobija ricos subtextos. A las virtudes de su escritura y su concepción escénica se suman el eficiente diseño de un equipo de ese colectivo y la música de Raúl Valdés con un importante aporte al desempeño dramático.
Desde sus primeras presentaciones, Tres somos tres se ha sometido a un continuo proceso de depuración, que la ha dinamizado, posibilitando una mayor participación del público, el cual se mantiene atrapado además por las actuaciones de Denis Esteban Rodríguez con su simpatía y dotes musicales; de Yankiel Tápanes, en su primer protagónico, con una correcta interpretación del Lobo y un manejo cada vez más diestro de las varillas; del joven Pedro Rubí, recién estrenado en escena y quien mucho promete, sobre todo en materia de diseño escénico; y especialmente Herlys Sanabria, con una versatilidad interpretativa, manipulación titiritera y precisión que constituyen uno de los mejores momentos de su carrera.
Publicada este mismo año por Ediciones Matanzas en el libro Tres somos cuatro, esta nueva obra de René Fernández promete trascender como uno de esos clásicos que acompañarán por largo tiempo el vuelo de Papalote.
Amarilys Ribot
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