I

Cuentan que mientras Belica subía los tejados para reparar alguna gotera, Seboruco se abanicaba en su sillón y esperaba pacientemente a que la buena mujer bajara a prepararle aquella añorada carne con pica-pica que tanto le gustaba.

II

Como en una película de Chaplin, los muchachos se entretenían en echarle merengues en la cabeza. Él, tan silente como en aquellos filmes, disfrutaba de la gracia infantil, pero más aun de la golosina que iba comiendo con absoluta naturalidad. Dicen que una sola vez protestó:
- Caballeros, tráiganmelo mañana de fresa, llevan una semana repitiendo la vainilla.

III

En el bar México aceptó la atractiva propuesta de improvisar para su difunta esposa, Belica, en el cementerio, a cambio de una gran cena.
Ya ante la tumba comenzó:
Qué desgraciada es la flor
que vive en el cementerio

Un bromista, escondido tras la tumba, imitando la voz de la difunta, respondió:
...más lo es quien en cautiverio
vive y muere sin amor

Seboruco, espantado, salió corriendo hacia el bar México...
Creyeron los amigos que la suculenta cena quedaría intacta, pero Seboruco fue presto hacia la mesa. Ya frente a esta, agitado aún, antes de engullir bocado, alzó la vista para decir a todos con solemnidad:
- Belica me habló.
Y con la más inesperada naturalidad, comenzó a comer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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