Yo en mi ojo, yo parecido a un polaco
disfrazado de mí
Las famélicas bocas enormes
parece que llaman, imploran, esperan
EVARISTO CARRIEGO: Ritos en la sombra
Sin alegrías,
como un esquimal que tiene el agua
en la cerradura de una galaxia elegida antes
o después de él.
Serlo es caminar como un perro
buscando buenas óperas.
Toda conciencia es póstuma,
todo lo que sucede es miedo,
o umbral del miedo.
Lo que menos puede ser es que abra,
o como dice Derrida:
entre el intolerante y quien tiene una familia,
si abres eres un hombre raro.
Que mi privilegio sea callar
es un privilegio que enmohece.
Los asesinos brillan más que antes.
Poseen espantapájaros perdularios,
fingen envainar la desolación como arma.
No quiero que me defrauden los asesinos.
No quiero que me defrauden los condenados.
Exceptúo pequeños mamíferos
que no vieron la mañana muerta detrás de
un barco.
Ser penitenciario es detenerse de casa en casa,
merodeando con las fotos de Arlene y Wanda,
con unas tarjetas de agresión.
Sin alegrías como el esquimal.
Debes hundirte en una noche de verano
En una época temí a viejos salteadores que se apostaban cerca de un cementerio parisino. Había allí siempre una anciana suave que preguntaba por marcas de zapatos sin existir, creo. Yo iba tras Michaux, tras su tumba descarnada y sucia, los salteadores hablaban de poesía conmigo, después, cuchillos al aire, me reclamaban la bolsa o la vida. Quiero decir que temo al verdugo, temo a lo que es mi nombre y a lo que confunde. Aunque sea el mejor de los guerreros, aunque sea el peor de los guerreros, el que estuvo a los pies del Gobernador, quien sobrevivió como un sobreviviente cualquiera, sin una vida nueva, como un vikingo de aldea. Así respondo a Dios, soy desconfiado, lo puedo ser porque es más sencillo, menos útil. En estos tiempos es mejor no ser útil.
Avistamiento de elefantes
Voy a soledades quemadas por la aceptación
de un regreso: a ellas vuelvo.
El camino con una neblina o un polvo,
o una máscara de lluvia,
son ellos quienes me acompañan.
Sólo ellos.
Hacia una urbe chirriante de saxos,
autos inasibles,
bares llenos de insomnes,
hacia costas que se multiplican.
A mi favor está que nunca creí en lo conceptual.
Yo venía de la Urpflanze,
que no es cerca, según se mire,
me ofrecía arqueado por un reflujo de moscas,
no era malo porque ninguno dijo:
ninguno va a desplazarme.
Para esas partes me siento como el del pueblo,
para que las inundaciones puedan reposar
tengo una máscara,
almorcé sobre un campo de lechugas,
reí como el que no era,
y eso que para subsidios no soy el hermano del mío.
Cuando más puedo recitar a lo largo del muelle
qué bello día, qué humo como la piel.
El poema de los cerdos
Gottfried Benn
Para O.C.
Me escondo a veces porque no sé desterrar,
no me reclamen la permanencia,
soy uno que está muerto y tarda en demostrarlo.
¿Cómo es mi desnudez ahora?
Pregunta el que primero me ve.
No es pálida, no es inmóvil, no envejece.
Estoy frente a los cerdos del Gobernador
y he pensado en salmos increíbles
y en una terraza con alondras
y cánticos de ofrendas a los polvorientos.
Estoy donde estuvo el mirlo y nadie me escucha.
Una es mi angustia, pero ella devora al otro,
se hace del otro, conoce su espanto.
Mi angustia atrae campos de tiestos,
montañas que no se pueden alejar.
He vuelto a hablar pero estoy muerto.
Wer redet, ist nicht tot.