Nuestros excilios interiores

Los senderos despiertos, de Daniel Díaz Mantilla
Ediciones Matanzas, 2008

Hace aproximadamente dos siglos, Fredrich Holderlin, en plena euforia romántica y siguiendo la tradición neoplatónica, se aferraba a la noción de la poesía como una especie de puente entre lo trascendental y lo mundano, del poeta como un iniciado capaz de transcribir el misterio de lo Infinito. El logos poético no se asumía como una entidad quimérica, no trataba de ordenar el caos y sosegar la incertidumbre, no se fragmentaba, paradójicamente, en la búsqueda de ese centro esencial que ya hemos perdido, sino que se regía por un principio de identidad: la relación (armónica o no) entre los arquetipos ideales y sus análogos potenciales aquí en la Tierra, la comunión entre la Idea y la Cosa….
Profundizar en la validez de este criterio, sería a estas alturas una polémica estéril; sin embargo, sí percibo que su posible limitación recae en su excesiva verticalidad. Una parte sustancial de ese indagar poético en el que, ilusoriamente, asumimos que nos hemos reencontrado, se nos muestra más como un afán tantálico por hallar algunas verdades, que como un alumbramiento prome-teico. Las preguntas son las de siempre. Las respuestas quizás estén ahí, al alcance de la mano, inmóviles y a la espera del que interroga; pero en secreto sabemos que jamás podremos deglutir el fruto o beber el agua, porque somos mortales, nos queda solamente el simulacro y el gesto, la gran intentona…Y creo que Los senderos despiertos nos alerta precisamente sobre eso: las tentativas del hombre, los pedregosos caminos a seguir si queremos apenas entrever lo que nos define y, a la vez, nos deja incompletos.
Desde un punto de vista formal, algunos elementos fundamentales sobresalen en Los senderos… a primeras lecturas: la voluntad estilística de Daniel Díaz Mantilla que con fortuna lo hace prescindir de tanteos experimentales, su actitud deslegitimadora frente a las fronteras genéricas y la soltura con que moldea diferentes criterios de composición en su praxis poética: métrica tradicional, versolibrismo, textos epigramáticos, parábolas… Pluralidad que lejos de erosionar la cohesión del libro, va adhiriendo sus elementos en torno a una palpable dialogicidad intratextual, un mesurado rejuego a diferentes niveles de discursividad que insinúa al lector los posibles horizontes de interpretación, que lo hace reparar en cada recodo, en cada leve sinuosidad de estos senderos…
Sin embargo, estas breves valoraciones estéticas aún serían insuficientes para dilucidar el alcance de este cuaderno. Díaz Mantilla no pretende deslumbrarnos con ejercicios retóricos o giros efectistas, no es, tampoco, un creador de orbes. Ha logrado armar un volumen de poesía con oficio y sobriedad, exento de bifucarciones gratuitas, de prerrogativas generacionales o gremiales. Ha sabido ver que es, en la certeza de nuestra vulnerabilidad, donde hallaremos el lodo primigenio, no para entender o imitar a Dios, sino para interrogar por lo creado, para desocultar esencias con la lucidez suficiente de percatarnos que, en ocasiones, la experiencia cognoscitiva, la belleza y la sabiduría no son solo la manera en que desesperadamente combinamos las pocas metáforas que nos quedan e intentamos religar el Universo, sino también el instante en que nos atrevemos a hablar sosegadamente, sin máscaras ni balbuceos, de aquello que nos ha sido vedado comprender y que nos supera: el tiempo, la muerte, la soledad, el amor y todos nuestros exilios interiores.


Boris Badía

• En forma de sueño / Israel Domínguez

• Residuo: la poética del borde / Leymen Pérez

Una mirada y sólo eso: También desde el silencio / Olga García Yero

• Amor y muerte, semejantes / Pascual Díaz Fernández

 

 

 

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Revista Artística y Literaria
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