El encuentro

 

El eco de mi voz recorrió el lugar. Una bandada de gorriones, que jugueteaba entre el polvo, levantó el vuelo.
Pero antes, parada frente al edificio, la pena, como otras veces, me hizo suspirar. Sin poder evitarlo, a mi memoria regresaron aquellos momentos de la niñez, cuando tantas y tantas veces, era la felicidad quien nos hiciera compañía.
El custodio me miró con curiosidad y preguntó si quería algo.
–Nada, mirar… –respondí.
–Por la mañana también otros muchachos me pidieron andar por allá dentro…–me dijo.
Habíamos quedado en que fuera hoy, pero lo del CVP es nuevo. La semana pasada recorrimos todo esto y sólo se oían los chillidos de los murciélagos.
Al parecer, al hombre vestido de uniforme y con gorra, no le agradaba la idea de que alguien, aunque sea una niña bien chiquita y flaca, ande de curiosa por el edificio. Él no puede permitirlo, va contra las normas del Cuerpo de Seguridad, pero un niño es un niño y nada malo se le puede ocurrir.
–Ten cuidado, que por allá atrás a veces se caen pedazos del techo.
Yo lo sé, todos lo sabemos, por eso hicimos la carta y las fotos que dejamos en el buzón de la recepción con firmas, nombre de la escuela y grupos, sin embargo, nadie nos ha citado. Habrán pensado que es un atrevimiento, cosa de muchachos o una mentira. Ahorita llamé y tampoco nuestro amigo apareció.
Después de dar unas vueltas, regresé al portal, el CVP me miró intrigado.
–Es que los demás están por llegar… –le aclaro.
–Ah!… –responde.
Como estoy cerca de la Casa de Gobierno puedo ver, con alegría, que al fin entre las personas que vienen para acá están Maday, Moya, Yenisel y Dayron.
Seguro que Moya, que habla sin parar, los convenció de que esa firma, junto a la de nosotros, es la de Don Tirso Mesa, ese señor de gran bigote y de elegante traje, que ya se asoma por el patio.
El custodio lo ha reconocido, me dice que es el mismo hombre que a cada rato se aparece de pronto rondando por los pasillos, por las aulas, y sólo insiste en que lo deje caminar la ruinosa edificación, pararse en los huecos donde antes ventanas y mirar entristecido lo que fuera la Escuela de Artes y Oficios, que él quiso construyeran con el dinero de su testamento, mi Palacio de Pioneros que cada día todos vemos perdido entre paredes mohosas, escombros y el paso del tiempo.

• Carta abierta a Rainer María Rilke / José Luis Vargas Batista

 

 

 

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