
Luego del aplaudido montaje de Cabaret, Tony Díaz volvió a la carga al llevar a las tablas de la sala Adolfo Llauradó de la capital cubana un texto de Ulises Rodríguez Febles. Huevos resultó el título escogido en esta ocasión por el líder de Mefisto Teatro, quien se inclinó de nuevo por dotar al espectáculo de un palpable acento musical. El estreno mundial de la pieza del destacado dramaturgo matancero puso en evidencia la vocación escrutadora y cívica que anima su obra y el interés del director por iluminar zonas álgidas de la realidad.
La trama de Huevos se ubica en dos momentos clave de nuestra historia: la apertura de las fronteras en 1980, luego de los sucesos de la Embajada del Perú, circunstancia que llegó aparejada con la extrema presión a que fueron sometidos quienes optaron por abandonar la Isla y el regreso en la década siguiente –como visitantes– de aquellos que soportaron la violencia y el asedio de sus compatriotas. El pasado y el presente (de la ficción teatral) se alternan aquí para trenzar un argumento en el que convergen constantemente. Juego con las coordenadas temporales que funciona no solo como un modo de rehuir la linealidad del relato, sino también y sobre todo como recordatorio y emplazamiento. Dicho de otro modo, los saltos en el tiempo posibilitan el testimonio y reevaluación del accionar de los protagonistas durante la citada confrontación, lo que –para decirlo en términos brechtianos– convierte a la escena en tribuna y tribunal.
La visita de un joven que emigró junto a sus padres en 1980 es el detonante de la acción. Las interrogantes que él se plantea y sus propios actos le permiten al autor concebir una fábula analítica. Digo esto porque en lugar de un enfrentamiento polar e irreconciliable entre los personajes lo que aquí le interesa es someter a discusión decisiones y conductas del pasado que repercuten de modo decisivo sobre el presente. Quien regresa –en medio de la precariedad acarreada por la desaparición del campo socialista– es el miembro de una familia atomizada e incomunicada, dividida no solo por la distancia o los diferendos políticos que han convertido a Cuba y EEUU en antagonistas, sino también a causa de presiones externas, de los sentimientos –o mejor, resentimientos–, las pautas sociales, el peso de las ideologías y los caprichos de las coyunturas que los arrastraron a tomar decisiones ajenas a sus verdaderas inclinaciones e intereses. Es la generación más joven quien toma conciencia de que todos, sin exclusión, han sido objetos de las circunstancias históricas y no sujetos capaces de determinar por sí mismos el curso de los acontecimientos y su posición ante los mismos. Contingencia esta contra la que ahora se rebelan. Matizado por un visible coqueteo con el melodrama, combinando la discusión frontal y valiente de conflictos archivados, pero no resueltos, con la ironía y la suspicacia, recurriendo a un lenguaje directo y claro, Rodríguez Febles concibe un texto sencillo en el que renuncia a la elaboración de símiles, metáforas u otros aderezos, cuya virtud esencial –con todo y las búsquedas formales que emprende– radica en el hecho de esclarecer y reflexionar en torno a aspectos en apariencia olvidados, pero indudablemente latentes y que es preciso zanjar.
Tony Díaz asume esta obra en la cual el debate de ideas deviene columna vertebral y trata de aligerarla a partir de la alternancia entre el canto y el diálogo. Desde la perspectiva más ortodoxa, Huevos no es un espectáculo musical, sin embargo, el director se vale de la música y el canto para dotar a su propuesta de un empaque que lo emparienta con el gustado género, sin que con ello traicione la esencia del texto. En honor a la verdad, por lo que apuesta el fogueado director es por la utilización de mecanismos capaces de activar la comunicación con el público. En lugar de una escenografía convencional prefirió auxiliarse de la proyección de imágenes alusivas a los acontecimientos sometidos a debate. Elementos estos de marcado carácter documental que intercala imprimiéndole así dinamismo al montaje, al tiempo que lo moderniza en términos de lenguaje escénico, nutriéndolo con referencias capaces de despabilar el recuerdo de unos e informar a otros. Opta por la simetría en la distribución espacial definiendo desde el inicio la alineación de los bandos en pugna que ubica a ambos lados del escenario. El suyo es un montaje signado por la sencillez y la claridad cosa esta que incidió decisivamente en la cálida respuesta de público que gozó durante la temporada inaugural.
Aspectos de interés en el espectáculo lo constituyen la música de Jomary Hechavarría y los diseños de vestuario y maquillaje de Mailing Álvarez. Hechavarría forjó una partitura que tiene muy en cuenta la naturaleza del acontecer, la necesidad de aportar timbres y sonoridades contemporáneas y las propias características y limitaciones de los intérpretes a la hora de acometer el canto. Tensiones, rivalidades, la incertidumbre de unos o la firmeza de otros, el acento de los climas, digamos románticos, o la definición del dramatismo donde corresponde son algunos de sus aportes. Álvarez evidencia la pertenencia a uno u otro de los bandos en pugna a partir de señales o máculas visibles en los atuendos, la sugerencia o la denotación de texturas y colores que recuerdan al fango y que marcan la piel o el rostro de varios de los involucrados. El atinado uso del color que renuncia a lo vistoso o lo estridente, la sobriedad y la acentuación en los aspectos medulares desde la perspectiva de los presupuestos de dirección, resultan también aciertos en este rubro.
Para casi todo el elenco –que dicho sea de paso entona o canta con afinación y soltura– los acontecimientos fabulados no son vivencias sino historia, lo cual se debe a la juventud de sus integrantes. Tal contingencia convierte lo que para muchos espectadores es parte de un pasado relativamente reciente, en historia a explorar y desentrañar por los protagonistas de la ficción teatral. Esto entraña una contradicción y un reto para el equipo de creación, pues los receptores acopian vivencias, recuerdos, criterios en torno a la historia real, ahora reconstruida gracias a los medios del teatro, y en no pocos casos su conocimiento del tema, los hechos y sus consecuencias supera incluso al adquirido por los noveles hacedores. Entre ellos llama la atención el desempeño de Enrique Estévez quien se apoya en una gestualidad gráfica, las posturas y la máscara facial, para dar muestras de convicción y fuerza. Es este un actor en franco proceso de aprendizaje y progreso, cuya intuición y organicidad constituyen sólidos asideros a la hora de encarar los diferentes personajes que asume. Yaité Ruiz se mueve con soltura y naturalidad, al tiempo que encuentra una entonación y un peculiar modo de andar, trabaja con el cuerpo, se encorva, aportando cierta nota humorística, gracias a lo cual consigue distender las tensiones, matizar el discurso del espectáculo con un toque entre ligero y costumbrista. Interiorización de los encontrados sentimientos que asaltan a su personaje, concentración y creencia distinguen la faena de Rayssel Cruz. Hedy Villegas labora con sinceridad y mesura transparentando las contradicciones de una criatura que ha sido víctima de las circunstancias. La experimentada comediante asume un rol clave por lo que significa, tanto desde la perspectiva humana como simbólica, y lo hace sin estridencias ni subrayados que abaratarían el resultado final. Energía, buena voz y capacidad para convencer, animan la interpretación de Alejandro Milián, ahora con menos responsabilidad que en otras ocasiones, pero con idéntica seguridad. En tanto que Alianne Portuondo resulta digna en su desempeño, pero no se aprecia el nivel de interiorización que demandan tanto la situación como el rol que asume. Sofía Elizarde no defiende con suficiente pasión sus puntos de vista, su trabajo lo realiza como en sordina, lo cual indudablemente le resta méritos. La apreciable juventud de Elizarde provoca una amplia brecha entre sus vivencias y las de una madre en medio de una difícil encrucijada. Lo cierto es que Tony Díaz se arriesgó al acometer el montaje con una tropa bisoña que no en todos los casos pudo superar los escollos de la inexperiencia. Si bien es cierto que Jorge Luis Curbelo no ha madurado suficientemente su concepción y proyección de Oscar, también lo es que realiza sus tareas con vigor e intensidad. Aquí hay un prospecto con potencialidades, que en la medida que alcance a dominar la técnica lo veremos crecer sobre las tablas. Fran Egusguiza lleva adelante su breve papel con espontaneidad y brío.
Al estrenar Huevos Tony Díaz reitera su preocupación por abordar con lucidez y sentido crítico tanto las circunstancias en las que interactúa como la propia historia. Errores, presiones, atavismos del pasado y sus negativas consecuencias en el presente han estado en su punto de mira. Precisamente ese es el mayor mérito de un espectáculo que si bien no resulta lo mejor de su producción, sí constituye un momento de interés dentro de nuestro panorama teatral, distinción que se debe en buena medida a la pertinencia del texto seleccionado y a esa vocación a un tiempo polémica y cívica que anima la obra de Ulises Rodríguez Febles.
Osvaldo Cano
|