La plenitud del ser
Y somos la gente, que lucha, que siente,
que muele las horas
en tanto trajín de vereda y hollín,
esperando a su casa volver,
a colgar tanta mufa,
a encender una estufa,
al calor del amor.
Eladia Blázquez
Cuando llegué el 22 de diciembre de 1962 a Londres, mi primer trabajo como diplomático fue localizar a Harold Gramatges, entonces embajador de Cuba en París, para que a su vez localizara a Julio Cortázar. Queríamos invitarlo al Premio Casa de las Américas 1963. Así fue como Julio vino a Cuba con su esposa Aurora Bernárdez, miembros del Jurado en los géneros de Cuento y Teatro.
La primera idea que tengo de su ser fue mediante un ejemplar de la revista Sur del año 1955, donde habían publicado un cuento suyo, si bien recuerdo, "Torito". En Nueva York, donde en esos años vivíamos, Eugenio Florit me había entregado la revista, que aún debe de andar entre los archivos custodios de tesoros literarios en casa. Recuerdo sus comentarios acerca de Cortázar; él, Florit, lo había leído y conocía su poesía. Antón Arrufat, que entre nosotros se encargó de publicar para Casa de las Américas una selección de los cuentos de Cortázar, fue quien sugirió se le invitase como jurado. La respuesta de Gramatges afirmando la visita de Julio y Aurora a Cuba, nos colmó de alegría. De la Casa de las Américas recibí su feliz complacencia.
Nuestro primer encuentro con Julio y Aurora fue en Londres, donde vino a conocernos. Hablamos de su visión natural de la Isla que para él hasta entonces era literaria: Martí, Carpentier, Guillén, Lezama Lima; de él conocía un texto: "Opiano Licario", publicado en la revista Orígenes, que un joven cubano en París, Ricardo Vigón, le había sugerido leyera. Esa lectura estableció una sólida, entrañable, firme amistad entre ellos. En la Semana Santa de ese año, 1963, estuvimos Maruja, mi esposa, una amiga nuestra y yo en París. Allí, Julio nos hizo entrega de su atención fraternal. Ese año encontré en Londres, en una librería, la edición príncipe de Rayuela. Confieso que me sometí a todas las posibles lecturas que su autor sugiere. Desafiar los límites que impone la rayuela era aventurarme por predios que creía reconocer en mis andanzas por París, siempre de vuelta al Buenos Aires que conocí de niño por el cine y los tangos, compartir con amigos distantes el juego. Rayuela me devolvía a mi casa de niño y adolescente y a la ciudad de Nueva York, donde transcurrieron los primeros años de mi juventud. Sus personajes y medios ambientales hicieron que recuperase algo que durante años constituyó un sueño, mi novela olvidada en un archivo en la casa de La Habana.
Cuando Antón Arrufat nos visitaba, Julio volvió a Londres para buscarlo y llevarlo consigo a París. A partir de ese momento vi a Julio Cortázar con alguna frecuencia, en los años 64 y 65; cada vez que lo reencontrábamos, su ser enriquecía, dada su nobleza, nuestra estancia en París.
En el 67, cuando el Encuentro con Rubén Darío, organizado por Casa de las Américas en Varadero, Julio regresa a Cuba. Es ahí donde conoce a Ugné Karvelis. Ella contribuyó a que mantuviéramos una relación muy fraternal. Con fecha 19 de septiembre de 1969 recibí una carta de Julio en la que agradece los textos que le enviamos para Caravelle.
"Haremos un número formidable, que ayudará a conocer mejor lo que se escribe, se piensa y se sueña en el caimancito de azúcar. Dile a Maruja que la abrazo mucho y que su nueva maternidad me da una gran alegría. Esta no es una carta pues salgo volando a Viena y aprovecho la partida de Chantal Triana para enviarte este mensaje de afecto. Ya le envié tu carta a Juan. Abraza a Antón de mi parte, a todos los amigos. Tu novela sigue cantando en mi memoria. Te quiere, Julio."
En el 71, como en todas sus visitas a Cuba, nos reunimos en nuestra casa de la calle 20, a la que él le confería una especial estimación. Elegía el lugar para la conversación de acuerdo con la hora. Fue una ocasión tan hermosa que José Lezama Lima llegó a decir que ni siquiera en la Atenas de Pericles hubo tantos ilustres juntos. Estaban Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, José Rodríguez Feo, José Lezama Lima, Jorge Edwards, Christian Huneus, Miguel Barnet, Heberto Padilla y Belkis Cuza Malé. La amistad, los proyectos culturales que en ese momento lo trajeron a La Habana, animaban esplendorosamente aquel almuerzo familiar. Esa tarde puse en sus manos mi muy leída y trajinada Rayuela, la dedicatoria en tinta verde "A Pablo Armando, que escribe como quien ama de veras, Julio", nos condujo luego a hablar de Los niños se despiden, realmente sus palabras me devolvían la confianza en mi propósito de escribir cuentos, novelas, ensayos. Unas semanas después todo cambió de una manera atroz que por un largo tiempo y en algunos casos hasta el presente nos dispersó. De ese grupo de aquel almuerzo memorable cinco, incluido Julio, transitan otros caminos que la Luz proyecta en las obras que nos han legado.
Mas, Julio y Ugné en 1976 regresaron a Cuba. Me invitaron a tomar una copa en el Hotel Nacional y de ahí partimos hacia casa. Querían saludar a Maruja y nuestros hijos. Conversamos acerca de aquel dolorido acontecimiento y Julio celebraba que Heberto, Miguel y yo estuviéramos en Cuba.
Con fecha 3 de mayo de 1981, me escribe desde París:
... en estos días ha quedado decidido que iré a La Habana, con Carol, en la primera quincena de diciembre. Trabajaré como jurado en el Festival de Cine Latinoamericano y nos quedaremos dos buenas semanas, de modo que habrá posibilidad de vernos y de charlar largo.
Desde que nos encontramos la última vez, los viajes fueron largos y variados, México, Nicaragua y los Estados Unidos, donde pasé dos meses dando un curso en Berkeley del que salí muy satisfecho porque me encargué de diseminar una información que como te imaginas y sabes les falta a los estudiantes universitarios. Me hice amigo de muchos chicanos, latinoamericanos y, por supuesto, norteamericanos dispuestos a escuchar otras campanas que las habituales del San Francisco Chronicle y sus equivalentes. Fue una buena experiencia, muy cansadora pero con resultados que creo muy positivos.
[. . .] Por aquí andan Retamar y Alfredo Guevara, como ves, la cuota de cubanos es abundante y yo aprovecho para informarme lo más posible sobre lo que los diarios no dicen o dicen mal.
Tengo un trabajo terrible con los asuntos argentinos (de los que poco sabrás, probablemente, pero que siguen tan siniestros como de costumbre), chilenos y uruguayos Interalia. Eso significó en estos últimos meses viajes a Madrid y a Italia, para participar en reuniones de defensa de los derechos humanos y de solidaridad con Nicaragua.
Literalmente hablando, poco tiempo me ha quedado para escribir. Le daré a Marta mi último libro de cuentos para que te lo lleve, e irá otro para Reynaldo González.
Que esta los encuentre bien a Maruja, los muchachos y a ti, Carol les envía un gran abrazo, y desde ya saboreamos un encuentro habanero a fin de año.
Todo mi gran cariño, Julio.
Ese año nos encontramos en París para reanudar nuestras conversaciones acerca de literatura, política, de nuestra memoria de personas conocidas, anécdotas acerca de su experiencia vital. En ciertas ocasiones cuando la intimidad en la conversación lo permitía, en un café en París, el Hotel Nacional de La Habana o mi casa, compartíamos nuestra visión y entendimiento de lo casual, convencidos de que probablemente todo, absolutamente todo estaba predeterminado. De algún modo en él se manifestaba la proximidad del cumplimiento de otros de nuestros ciclos entre alba y ocaso.
Nos vimos otra vez en París y en Madrid, en el 83. Me hallaba allá con Maruja para la presentación de mi novela Los niños se despiden, publicada por Alfaguara. Michi Straufeld hizo posible que esa novela, que en los años 70 apareciera en Buenos Aires y Cracovia, se imprimiera en Madrid. En una de sus visitas a La Habana me dijo que Julio Cortázar se la había recomendado e insistía en su publicación. Nuevamente amigos argentinos contribuían a la difusión de mi obra y a mi relación con mundos vinculados a lo académico y lo artístico. Horacio Vázquez Real organizó el reencuentro en Madrid. Celebramos la ocasión, mas Julio ya no se sentía bien. La muerte de Carol y su salud lo mantenían en un estado depresivo contra el cual él luchaba tenazmente.
Durante la última visita que hizo a Cuba volvió a mi casa. Acudo a un texto de Reynaldo González que recientemente Miguel Barnet recordaba: "un café en la casa de Pablo Armando Fernández y Maruja, era un rodeo por la zona verde detrás del parqueo, y respirar a pulmón abierto entre el olor del galán de noche que invadía desde las ventanas y los hijos, todos en torno de él para comentarme en un abrazo trémulo: "Esto se parece a la felicidad".
En aquellos encuentros hablábamos de literatura, de política, de la memoria nuestra de personas conocidas, anécdotas vividas en otras partes del mundo, de nosotros mismos y la literatura. Era un hombre muy ameno con un gran respeto y admiración por Alejo Carpentier y José Lezama Lima. Sentía un especial respeto por este último. Él hizo también el elogio de Paradiso. Siempre estuvo muy ligado a nosotros en todos los aspectos, en el literario, político, humano y social. Fue un hombre de una gran integridad humana, una plenitud del ser. Este es un hombre sin vacíos cuyas incertidumbres pudo haberlas resuelto a través de la literatura.
Complace comprobar cómo se le rinde homenaje y quiénes lo hacen. Está presente. Sigámosle en la conversación, las lecturas, nuestras visitas a los sitios por él frecuentados:
En este lado oscuro del espejo
Ignoro qué sentido tienen estas
palabras,
qué me inhibe decirlas o gritarlas,
tal vez es que prefiero otras ya
compartidas
en este lado oscuro del espejo.
Porque los muertos, Julio, tendrán
siempre
que vérselas a solas con los vivos.
Súbitamente, incorruptible, el muerto
goza de todas las virtudes:
la inocencia del santo,
la visión del profeta
o la ofrenda del mártir.
Los vivos –de esta mitad oscura del
espejo–,
inventan, reconstruyen o adulteran
su relación con el ausente.
Se reparten las ruinas y cenizas
de anécdotas fugaces.
Y la trunca amistad se instala en la memoria,
a salvo de voluntad hostil o del azar:
ya nada estropeará las labores del tiempo
por juntar lo que anduvo separado.
Todos aman al muerto y él a todos
amaba
(claro, entre éste y aquél hacía sus
distinciones;
era obvia su elección, nadie lo dude).
Si hay algo de envidiar
es saberlo de muchos,
¿se enterarán o no de estas contiendas?
Pero los vivos, implacables, nutren
sus ávidas ficciones.
Nadie elige su muerte, ni siquiera el suicida.
Sin embargo, uno gusta soñarla,
imaginarle ajenos cuerpo y cara
que seduzcan y ganen,
sin concederle parte en los asuntos
del día que consume,
o sentirla por dentro sin saciar sus antojos.
No sé qué me impedía hablar contigo,
qué luz del otro lado me cegaba.
¿Es acaso tu muerte ya cumplida
o la mía esbozada, en la tiniebla?
Hablamos de la muerte como se habla
de cosas que se pueden aplazar:
en espera de dejarla en un café
o en la cama dormida mientras nos despertamos…
Mas de todas las muertes de tu propia invención,
yo escogería, Julio, la de Rocamadour.
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