Dentro del círculo

Cuando procuraron cerrar las compuertas
entre los muertos y la vida que no deseábamos para ti
ya era demasiado tarde.

En el umbral de una iglesia lejana,
descalza y harapienta,
tomaste la primera comunión.
Fuiste, ¿o acaso todavía eres?, prosélito y proselitista.
Fuiste, ¿o acaso todavía eres?, cuerpo que ebulle
en canto celestial.

El tren que atravesó el centro de la Isla,
la cazuela de brujo,
el mayombero vacilador, el tata voluptuoso,
el robo de tus pertenencias
no eran más reales que el viaje dentro del círculo
que trazaste en la tierra.

Ponías y quitabas signos. Sólo el mandala permanecía.
A tu lengua llegaban de otras dimensiones
seres que aterraban a tu madre.
Desamor, y supuestos libros raros
escogidos en mi biblioteca
fueron para tu familia
una razón irrevocable.

La verdadera culpa sigue emergiendo
en la copa de la clarividente.
La imagen de tu padre maltratado.
Clara y yema por su ropa deportiva de marca.
Clara y yema lanzó la chusma
que gritaba golpeando, que golpeaba gritando,
como si la patria se defendiera con indecencia.

Bubbles in the air/ castillos en el aire
sobre puño y letra
de quien prometió una vida afortunada
donde usted también puede tener un buick.
No puedes usar tu inteligencia-te inculcaron-
en estudios que los comunistas te van a sacar
en cara.

Una lancha, un bote, una balsa rústica;
fantasma que mantenía en sobresalto
las pieles de mi hogar.
Una larga lista de rumores y aventuras
avinagraron el rostro de los comensales.
No hubo plato ni cubiertos para ti.

Nunca llegó el aviso de salida.
Miami no dejó de ser la postal, la voz de
La Cubanísima
anunciando los manjares de la Calle 8.
Tiempo perdido. Alambre de púas. Bocabajo.
Escalera.

Empezaste hablando con los muertos.
Terminaste distanciada.
Laberinto que puede repetirse
si la sangre se revuelve
en ese vaivén macabro de la memoria.

Sólo quiero recordar aquel verano de 1992.
Mi boca fue aproximándose. Tus labios se abrieron.

 

Variaciones del agua

a Laura María Palomino Mariño

Llueve sobre Caracas.
Nunca antes ha llovido como ahora.
¿Es esto una exageración,
la nostalgia y el asombro se confabulan
para que yo exagere?
Amo a una mujer.
Su nombre ha cambiado
en la espera involuntaria de las aproximaciones.
"¿Es el amor eterno?", pregunta una niña.
Al abrir su boca
devuelve un mar aciclonado.
La espuma golpea mi rostro
que no soporta la imposibilidad de una respuesta.
Solo alcanzo a responderle:
"Amo a una mujer. Su nombre ha cambiado
en la espera involuntaria de las aproximaciones".

Llueve. Está lloviendo entre el miedo de salir a
la calle asesina
y el deseo de atravesar la noche.
Por la piel de la mujer que amo, por sus conductos
vegetales,
por su cuerpo que en un instante renuncia a todos
los cuerpos
para unirse al mío, y de esta manera, se une a
todos los cuerpos que renuncia,
por sus interiores de fuego y savia agridulce,
entre sus senos,
y hasta su vagina, llueve,
está lloviendo,
cae el agua
como se avalancha el chaparrón de sangre desde
la cima- cabeza degollada,
como se avalancha la materia en el Tobogán de
la Selva,
donde ahora estoy, en una foto, y en la foto
posamos mis amigos y yo
con cerveza en mano, espuma de la cerveza,
espuma del yakuzy natural…
no hay por qué decir que llueve, que nunca antes
ha llovido como ahora.

Había mirado un hombre y un espinazo.
" El tiempo se petrifica", pensé, " el tiempo es ladera
por donde se deslizan hombre y vertebrado",
mano de hombre que captura, cocina, y graba
espinazo,
huella de aquella noche en que hombre y pez
se resistieron a desaparecer.
Y pasó un águila y quedó petrificada,
y pasó también una serpiente, y pasaron otros,
y cayó un bisonte en la trampa de su propia imagen
y quedó grabado como constancia de la resistencia.
Había mirado un dolmen; figurando, conversé
con un piaroa
mientras comíamos catara y bebíamos manaca,
un piaroa primigenio, de esos que nos salvan o
nos aniquilan en un segundo,
de los que no toman cola ni se suben a un toyota
en jeans y t-shirt
con ice polar y gafas oscuras,
de los que no preguntan los precios de un mundo
que solo puede salvarse si el piaroa no pregunta
y anda,
si volvemos a ser piaroa que no pregunta y anda.

Vuelvo al cuarto oscuro-retina-cinematógrafo.
Cruzo las aguas del Orinoco. Como papa rellena
colombiana
mirando el paisaje venezolano. Arepas de
Puerto Ayacucho
en los ojos de una hermosa indígena,
ojos de la selva diluyendo las naciones.
Aguas del Orinoco, aguas del río Zaza, remolinos
dulces,
empalizadas bajo las cuales (la muerte presume).
Aguas del Orinoco, mitad mujer, mitad culebra.
Devoradoras de la tristeza, devoradoras del amor
que se aferra a la tierra.

Antes había mirado unos morros y había comido
queso de la llanura.
Antes había conocido a un panadero que se llama
Miguel,
que toma y canta con boca de pueblo, y en boca
de pueblo
llegaron los techos y las casas de cartón.
Y bajo la triste lluvia que no se lleva la pobreza
entró el viento por donde entran los toreros.
(De espalda al poema, fotografías y carteles indican
que arena y bullicio esperan al gladiador
que en vez de arrodillarse y saludar , embiste,
sin saber que embistiendo
no habrá banderillas ni ovaciones.)

Llueve. Está lloviendo sobre la arena de la plaza,
sobre la arena de un país que deja de ser el mío
cuando en el aire todo se vuelve un mismo lugar.
La lejanía, ¿acaso un pretexto?, para no reconocer
que la soledad es el único sitio verdadero.

 

Punta de Índice

Kisch en letra y música
sobre ruedas de viejo carro americano,
a 300 pesos la distancia,
después de congelarse
el transporte intermunicipal.

Atravesé un fragmento de la inmensa llanura.
Cerveza en mi boca. Júbilo en mis sienes.
"Como en las películas de Hollywood",
llegué diciendo a la ciudad de Camagüey.

Por el auricular se había anunciado una noche
intensa.
Diseminándose, una noche intensa sucedió.

Con las puntas de nuestros índices
nos amamos a escondidas,
yema que suscitó el escándalo,
la envidia de algunos.

Esperaste paciente y deseosa
bajo la magia que se extiende
a lo largo de la Avenida del Puerto.
De La Habana a Matanzas, de Matanzas a
La Habana,
viajaría nuestra sangre.

El chisme y la provincia
redujeron la memoria
a una pequeña mancha del paisaje.

Hay un intervalo en la cercanía
que los monstruos de la razón
perpetúan y alargan.

No quisiera recordar el punto
en que la noche comenzó a disminuir.
No quisiera recordar.

Punta de índice. Frenesí.
Yema que suscitó el escándalo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Revista Matanzas.
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