Julio Cortázar

Julio Cortázar, estas letras de tu nombre, que se parecen tanto a ti como tú mismo, como tú mismo llegaste a ser idéntico a tu nombre y a tu hombre, al hombre no de letras sino de gesto oral y vozarrón honrado, las vi por vez primera juntas en un libro del que fuiste traductor para nosotros. Era los tiempos de la prehistoria, cuando el Abbé Brémond podía deslumbrarnos con la fille de Minos et de Pasiphaé, cuando la poesía pura llegaba por correo aéreo y nos esperaba como un ángel secretamente hojeable allá en la librería española y habanera, encendida por las frases y carcajadas de Lezama, que a su vez abrían otro libro, la novela de lo que no sabíamos. No sabíamos nada, pero sabíamos la nada, teníamos el caos suficiente para hacer un mundo, como Oliveira y La Maga, como Talita y tú mismo en los laberintos de Buenos Aires y París. El camino de la poesía pura traducida, intraducible, a la poesía en carne viva de la Revolución, no lo hicimos ciertamente de igual modo si bien había un punto, los tangos de Gardel, el parque de Matanzas, que nos hizo hermanos cuando aún no conocíamos ni de lejos ese modo de tus piernas de no saber dónde ponerse ni esa dilatación de tus ojos de pez asfixiado por la inteligencia. De todas formas nos aproxi-mábamos como podíamos leyendo aquella historia de una pasión argentina que después resultó ser una historia demasiada ingenua, pero la ingenuidad era nuestro camino irrenunciable, y cuando al fin vimos, ya creciditos todos, trotando por los puentes de París, con tu eterna canadiense, persiguiendo el imposible, no nos pareció menos ingenua tu pasión, sino más y más, como si fuera inexorable ir al fondo de lo desconocido del corazón americano para encontrar lo nuevo. Y lo nuevo no era un libro ni estaba en un libro, ni figuraba entre las novedades de las librerías de La Habana o de París, y tú lo supiste cuando viniste a Cuba por primera vez, como nosotros lo supimos cuando llegamos a las costas de lo desconocido de la historia. Entonces cambió tu vida como la nuestra, se llenaron los vacíos intermedios, las ingenuidades se abrazaron y empezamos a vivir otra novela que era la misma, pero con las máscaras quitadas y los analfabetos deletreando Cuba no está sola, Venceremos, y firmando con sangre Patria o Muerte. Habías pasado la prueba del jazz y el manicomio. Te faltaba la prueba de la palma y el volcán. Fuiste capaz, nos diste la medida que también necesitamos, del letrado deletreando los miembros de los mártires, el libro de los héroes, la poesía pura de la patria; y ardiendo por los pobres defendiendo con tu nombre la justicia, nos entregas ahora tu vida completa, enteramente útil.

15 de febrero de 1984

 

Mientras transcribíamos la hermosa página que Cintio Vitier dedicara a Julio Cortázar, supimos de la muerte del gran poeta y ensayista cubano. Un largo silencio nos embargó. Matanzas, la ciudad que tanto amó, la de su infancia y adolescencia, hoy lo recuerda más, sabe que está más vivo.

• El muro / Emerio Medina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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