Julio Cortázar: traductor de Poe

En 2009, los traductores literarios de la UNEAC celebramos junto al mundo entero el 200 aniversario del nacimiento de Edgar Allan Poe, (Boston, enero 19 de 1808-Baltimore, octubre 7 de 1849). Hace 25 años falleció su mejor traductor al español, el belga por accidente, a juzgar por sus propias declaraciones: "Mi nacimiento (en Bruselas) fue un producto del turismo y la diplomacia" y argentino por filiación: Julio Florencio Cortázar, quien nace un 26 de agosto de 1914 y muere en París, el 12 de febrero de 1984, 70 años después.
¿Qué tenían en común estos dos grandes escritores que nacieron con 106 años de diferencia?
Permítaseme empezar apuntando que ambos se cuentan entre los más grandes cultivadores del cuento corto de todos los tiempos. Llegan a la literatura precisamente con imágenes-puñetazo, con un planteamiento emocional y determinadas habilidades para manejar los planos narrativos y sobre todo, las posibles expectativas de un público, convencidos de que respondían a una demanda social no tanto de confesionario como de reiteradas manifestaciones de la soledad.
La obra de Cortázar se compara con la de Jorge Luis Borges, Antón Chéjov y por supuesto, huelga reiterarlo, con la de Edgar Allan Poe. Sus novelas rompen los moldes clásicos con narraciones que escapan de la linealidad temporal. En ellas los personajes adquieren una autonomía y profundidad psicológica pocas veces vistas hasta entonces. Su obra inaugura una nueva forma de hacer literatura en Latinoamérica.
Otro escritor/traductor argentino, el inmenso Jorge Luis Borges, en el prólogo correspondiente a Poe de su Biblioteca Personal (1988), afirma: "La literatura actual es inconcebible sin Whitman y sin Poe". Y el también latinoamericano Horacio Quiroga, en su Decálogo del perfecto cuentista, declara por su parte que el primer mandamiento debe ser el siguiente: "Cree en un maestro –Poe, Maupassant, Kipling, Chéjov– como en Dios mismo".
Edgar Allan Poe no escribió una sola línea en Español. Su extraordinaria y prolija labor como escritor, poeta, periodista y crítico, pudo muy bien haber quedado para los hipanohablantes, a lo sumo inadvertida o subvalorada entre las páginas de una que otra antología de literatura norteamericana de no ser por sus traductores. Poe fue en el siglo XIX y principios del XX, el autor norteamericano que más se tradujo al español y uno de los pocos escritores anglosajones cuya obra, que sepamos, se ha llevado completa a nuestra lengua.
Traducir a Poe nunca ha sido terreno para aficionados, pues la complejidad lingüística y psicológica de su narrativa lo cataloga como un autor sumamente problemático al ser llevado a otro idioma. No por gusto Poe es también uno de los escritores anglófonos que cuenta con mayor número de versiones y traducciones distintas, o sea, de acercamientos diferenciados. El solo estudio de esta muestra aportaría ejemplos sobrados de cuán variado puede ser el abanico de aproximaciones técnicas al proceso traductor en sí: de la más literal a la más creativa, a la indirecta, a la transposición del verso en prosa y de lenguajes igual de variados: del literario al cinematográfico, al pictórico y hasta al operático, pasando por el plagio, o la más atrevida manipulación, lo cual por supuesto, indica cuán importante es escoger una buena traducción a la hora de acometer un proceso editorial si lo destinamos a otras culturas, y la responsabilidad que en este sentido las editoriales contraen con los lectores de un ámbito lingüístico otro.
Cortázar era un niño enfermizo que pasaba mucho tiempo en cama, por lo que la lectura fue su gran compañera. "Pasé mi infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo diferente al de los demás".(1) Conoció, gracias a su madre, al escritor a quien admiraría por el resto de su vida: Julio Verne.
En una entrevista con Elena Poniatowska para una revista mejicana confesó: "Fueron mis años de mayor soledad. Fui un erudito, toda mi información libresca fue de esos años, mis experiencias fueron siempre literarias. Vivía lo que leía, no vivía la vida. Leí millares de libros encerrado en la pensión: estudié, traduje. Descubrí a los demás sólo muy tarde".(2)
Y luego, un día, mientras caminaba por el centro de Buenos Aires, le cayó en las manos un libro de Jean Cocteau, quien hasta aquel momento había sido un total desconocido para él, titulado Opio, Diario de una desintoxicación. "Sentí que toda una etapa de vida literaria estaba irrevocablemente en el pasado… desde ese día leí y escribí de manera diferente, ya con otras ambiciones, con otras visiones".(3) Aquella lectura lo marcaría para el resto de su vida.
Por estos años se inició como docente de la enseñanza superior en Argentina. Pocos meses después renunció a su cargo por desavenencias con el peronismo y su política universitaria. Se empleó en la Cámara del Libro en Buenos Aires y realizó trabajos de traducción, una tarea que jamás dejó de ejercer a lo largo de su vida y a la que debe una fama que corre pareja a la de su celebridad como escritor. En el año 1948 se había recibido de traductor público de Inglés y Francés. Fue un verdadero maestro en esa labor en su abanico más amplio, al punto de que cuando decidió trasladarse e instalarse definitivamente en París, obtuvo sin dificultades trabajo de traductor en la UNESCO, pues dominaba con soltura varios idiomas, y de ello vivió algunos años. Allí contrae matrimonio con Aurora Bernárdez, argentina y traductora como él. Cortázar tradujo a Gilbert Keith Chesterton, a André Gide, las cartas de Keats, a Marguerite Yourcenar, entre otros. La situación económica de la pareja no era tan holgada cuando le llegó el ofrecimiento de traducir la obra completa, en prosa, de Edgar Allan Poe, para la Universidad de Puerto Rico. En diversas ocasiones manifestó que cuando comenzó a adentrarse en esa narrativa, el norteamericano "me enseñó lo que es la gran literatura y lo que es el cuento".(4)
Cortázar es hasta el presente, a juicio de la mayoría, el mejor traductor que haya tenido Poe a la lengua española. No es por azar que acabe de salir una cuidadísima reedición latinoamericana de su traducción de las Obras Completas en homenaje también al 200 aniversario, a cargo de la editorial Nostra y la traducción, que mantuvo ocupado durante un año ininterrumpido al equipo integrado por la editora Andrea Fuentes Silva y Yeicko Sunner, significó, al decir de estos especialistas "un gran reto" de cara al referente de Cortázar.(5)
Un año también dedicó Cortázar en su momento a la traducción de Poe y para ello se trasladó a Italia con Aurora Bernárdez y trabajó en el más total aislamiento. A la hora de ordenar sus traducciones para este monumental empeño, el autor de Rayuela tuvo presente el criterio que dejara Poe en una carta donde decía: "Al escribir estos cuentos uno por uno, a largos intervalos, mantuve siempre presente la unidad de un libro".
Cortázar fue presentando sus relatos de acuerdo al posible 'interés' de sus temas:
"Sus mejores cuentos –opina el traductor/compilador– son los más imaginativos e intensos; los peores, aquellos donde la habilidad no alcanza a imponer un tema de por sí pobre o ajeno a la cuerda del autor, los agrupa en: cuentos de terror, sobrenaturales, metafísicos, analíticos, de anticipación y retrospección, de paisaje, y grotescos y satíricos (id.). "De la totalidad de elementos que integran su obra, dice Cortázar, sea poesía, sean cuentos, la noción de anormalidad se destaca con violencia. A veces es un idealismo angélico, una visión asexual de mujeres radiantes y benéficas; a veces esas mismas mujeres incitan al entierro en vida o a la profanación de una tumba, y el halo angélico se cambia por un aura de misterio, de enfermedad fatal, de revelación inexpresable; a veces hay un festín de caníbales en un barco a la deriva, un globo que atraviesa el Atlántico en cinco días, o la llegada a la Luna después de asombrosas experiencias. Pero nada, (…) es normal en el sentido corriente, lo anormal, en Poe, pertenece siempre a la gran especie".
El argentino señalaba la incapacidad de Poe, para "comprender lo humano, asomarse a los caracteres, medir la dimensión ajena..."y concluía que "por eso Poe no alcanzará nunca a crear un solo personaje con vida interior".(6)
En 1963, aparece lo que sería el mayor éxito editorial de Cortázar como autor: la novela Rayuela, que se convirtió rápidamente en un clásico de la literatura universal y que le valdría el reconocimiento de ser parte del boom latinoamericano. Aprovecho para mencionar, a propósito de Rayuela, que Cortázar incluye en el "Prefacio al Filidor forrado de niño", en su capítulo 145, un fragmento completo de la traducción española de una obra que sorprende por su insólita manera de manejar el idioma: Ferdydurke, de Witold Gombrowicz, considerado uno de los maestros del modernismo europeo, con el propósito más que evidente de convertir la propuesta estética que el autor polaco plantea en el segmento semiconclusivo que reproduce, en un tiro de flecha al aire, provocador y polémico.
Cabe señalar que la traducción al español de Ferdydurke, nos introduce de primera mano además, en un singular taller de traducción liderado nada más y nada menos que por nuestro Virgilio Piñera, a la sazón en Argentina. Este coloca al lector de cara a una forma nueva y distinta de lectura como propuesta colectiva de un Comité de los que hoy en la jerga internacional llamaríamos ad hoc, que se reunió en el café Rex de Buenos Aires para jugar ajedrez y de paso trabajar en ese libro.(7) El fragmento dice lo siguiente:
"Ésas, pues, son las fundamentales, capitales y filosóficas razones que me indujeron a edificar la obra sobre la base de partes sueltas (8) tratando al hombre como una fusión de partes de cuerpo y partes de alma, mientras que a la humanidad entera la trato como a una mezcla de partes. Pero, si alguien me hiciese tal objeción: que esta parcial concepción mía no es en verdad ninguna concepción, sino una mofa, chanza, fisga y engaño, y que yo, en vez de sujetarme a las severas reglas y cánones del Arte, estoy intentando burlarlas por medio de irresponsables chungas, zumbas y muecas, contestaría que sí, que es cierto, que justamente tales son mis propósitos. Y, por Dios –no vacilo en confesarlo–, yo deseo zafarme tanto de vuestro Arte, señores, como de vosotros mismos, ¡pues no puedo soportaros junto con vuestro Arte, vuestras concepciones, vuestra actitud artística y todo vuestro medio artístico!"
En el artículo para Cubaliteraria que menciono aquí, sobre la "aventura traduccional" de Virgilio Piñera y su grupo, hago casi al final una especie de ejercicio de introspección, no sólo a propósito de la inclusión que hace Cortázar en Rayuela del citado fragmento de la traducción de Gombrowicz, sino sobre un dato que me da pie para reflexionar en tangencias de destinos que incluso alcanzaron a Piñera aunque con otras facetas, en los últimos años de su vida.
"Tanto Cortázar, como Gombrowicz fueron exilados, y como Piñera, viajeros. La inserción en patio ajeno con frecuencia coloca a un creador en las fronteras de territorios –utilizado el vocablo en su sentido más amplio– con cuyo escenario y entorno hasta un cierto momento de su vida establecen una relación familiar. La sensación de extrañamiento consecuente que muchas veces se asocia a imperativos sociopolíticos, incuestionablemente suele operar también –positiva o negativamente respecto del posicionamiento en la literatura de alguien que se ubica como autor. En este plano del análisis, tampoco puedo evadir la tentación de comparar las motivaciones y consecuencias de la travesía que realizara la nave que llevó al polaco a puertos argentinos con la que en su momento trajo de vuelta desde Francia a nuestro Wifredo Lam a las playas de las islas del Caribe, antes de echar ancla en su tierra natal, o al propio Aimé Cesaire, hermenéuticas que tan profunda huella dejaron en la vida y la producción de estos creadores".(9)
Casualmente, según narra Cortázar en "La fascinación de las palabras", en este viaje de él y su esposa, por barco hacia Argentina, Julio pasó el tiempo escribiendo en su máquina portátil una novela sobre la Revolución Cubana…En 1963 visita Cuba, invitado por Casa de las Américas para ser parte del jurado en su concurso.
Y sirva este dato anecdótico como introducción a la faceta que aborda las inquietudes y actividades políticas de Cortázar, quién tras donar los derechos de autor de varias de sus obras (el Premio Médicis por su Libro de Manuel (1973)) para ayudar a los presos políticos de varios países, entre ellos Argentina, ya nunca dejaría de interesarse por la política latinoamericana. En noviembre de 1970 viajó a Chile, donde se solidarizó con el gobierno de Salvador Allende. En 1974 integró el Tribunal Bertrand Russell II, que sesionó en Roma para examinar la situación política en América Latina. En Polonia participó en un congreso de solidaridad con Chile. En 1976 viaja a Costa Rica y conoce a Sergio Ramírez y a Ernesto Cardenal, y a raíz del triunfo de la Revolución Sandinista, viaja reiteradas veces a Nicaragua para conocer de cerca el proceso y las realidades de ese País. Finalmente, en 1983, cuando retorna la democracia en Argentina, Cortázar hace un último viaje a su patria antes de regresar a París, ya en un estado de salud precario y allí muere el 12 de febrero de 1984, víctima de leucemia.
Una semana antes, el entonces consejero político de la embajada cubana en París, Aurelio Alonso, actual subdirector de la revista Casa de las Américas y mi esposo por aquellos años, acude al lugar donde estaba recluido Cortázar en estado ya muy crítico y en nombre de las autoridades cubanas le hace partícipe del ofrecimiento del gobierno de trasladarlo a Cuba para recibir atención médica especializada, ofrecimiento que jamás pudo cumplimentarse, pues Cortázar fallece una semana más tarde. Aurelio Alonso es pues, uno de los últimos cubanos, por no decir el último, y tal vez también de las últimas personas que conversó con el escritor.
Por mi parte, tuve el privilegio de tener –aunque por muy corto tiempo– como correctores y revisores en el Departamento de Traducción de la UNESCO en París, nada más y nada menos que a Aurora Bernárdez, la primera esposa, albacea y derecho-habiente de Cortázar, y a Juan Gelman, quienes se desempeñaban allí como tales en la sección de Español de aquella dependencia. Estos contactos, tan fugaces pero enriquecedores, fueron decisivos para mi dedicación posterior a la traducción literaria. En esa estancia no tuve, sin embargo, la suerte de conocer a Cortázar, quien estaba ya muy enfermo. Por aquellos años, aparte de la brevedad de mi permanencia en aquel mítico lugar, el bagaje que yo acumulaba entonces en la esfera de la mediación lingüística tenía que ver casi exclusivamente con la interpretación de conferencias, o sea, con una mediación oral y en temáticas por lo regular no literarias. Consecuentemente, como traductora escrita, no tenía prácticamente ningún oficio. De manera que más que aportar, lo que hice fue recibir, tratar de asimilar e incorporar todo cuanto pudiera y en tal sentido, el beneficio y la deuda que tendré para toda la vida como profesional en materia de guía, consejos, crítica, savoir faire, abordajes, señalamientos, transferencia de conocimientos, tácticas y estrategias de transvase intercultural, enfoques, tutela, afinación de tiro, con estos dos colosos de la traducción que son Aurora Bernárdez y Juan Gelman. Fueron inolvidables: Me dejaron la inmensa ilusión de pensar que, a través de ellos, y con su enorme generosidad y modestia, algo me deben haber "soplado" también de Cortázar.

 

Bibliografía

(1) Julio Cortázar. La fascinación de las palabras, 1997.
(2) Plural Méjico Nº 44, mayo de 1975.
(3) Julio Cortázar. Op. Cit.
(4) Plural, No.44, México, 5/ mayo 1975). Véase también: Edgar Allan Poe. Ensayos y críticas, traducción, introducción y notas de Julio Cortázar. Alianza Editorial, Madrid, 1987
(5) Ángel Vargas, en: La Jornada, 20 de abril de 2009.
(6) Véase Julio Cortázar. Estudio preliminar. En: Edgar Allan Poe, Obras completas. Vol 1. Aguilar, 2004. p.23.
(7) Véase: Lourdes Arencibia. “La aventura de Ferdydurke. Una faceta del quehacer literario de Virgilio Piñera muy poco conocida.” En: el Portal de la Cultura Cubana, Cubaliteraria. Sección Traduttore, traditore, mayo-junio de 2009.
(8) Hay tres "segmentos" en el libro separados por una larga digresión supuestamente independiente, suerte de "prefacio a la manera de Gombrowicz", que vienen a ser como reflexiones sobre la creación literaria, el arte, la filosofía en relación con las visiones de la sociedad y la cultura reinante.
(9) Lourdes Arencibia. Op. Cit.

 

 

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