Siempre he tratado de evitar, por una especie de pudor, el hablar de amigos de gran valor intelectual ya fallecidos, sobre quienes muchos se afanan por elucubrar y escribir cuando se convierten en verdaderos mitos. Sin embargo, no me resisto a hacerlo cuando se trata de Julio Cortázar. Porque creo que hace falta insistir en su verdadera imagen como ser humano de cualidades extraordinarias, como escritor que hizo aportes fundamentales a la literatura latinoamericana y hombre comprometido con las luchas sociales y políticas de su tiempo. Y hace falta porque, precisamente debido a su excepcionalidad, su obra, sus actuaciones y sus posiciones muchas veces han sido incomprendidas o mal interpretadas. Por eso, para hacerle justicia, es necesario que quienes tuvimos la posibilidad de conocerlo más de cerca, contemos lo que hablamos con él, lo que vimos en él. En mi caso, creo que el haber tenido algunas experiencias vitales muy similares, sobre las cuales conversamos, quizás me ha permitido entenderlo desde la identificación.
Cuando nos conocimos, en la década de los sesenta, teníamos en común el ser argentinos, el tener amigos comunes, el haber, los dos, emigrado voluntariamente a París, el habernos adherido desde el principio a la Revolución Cubana, el haber comprendido, estando precisamente en París, nuestra condición de latinoamericanos, dejando de lado cierto chauvinismo rioplatense; y, según las propias palabras de Julio, el habernos convertido de emigrantes voluntarios en exiliados políticos por obra y gracia de las dictaduras militares que se implantaron en nuestro país; también el haber participado del ya legendario Mayo Francés del ´68, pero sobre todo, a diferencia de otros latinoamericanos deseosos de asimilarse y pasar por europeos olvidando sus raíces, teníamos en común el que, a pesar de nuestro amor y admiración por la cultura francesa, preferíamos movernos entre los nuestros: nuestros amigos más queridos y cercanos eran latinoamericanos, y no sólo por un empeño tenaz de afirmar y preservar nuestra identidad regional e idiomática, sino por la creciente conciencia de que debíamos unirnos y trabajar juntos por la liberación de nuestro continente, siempre motivados por la Revolución Cubana y el internacionalismo del Che. Eran tiempos heroicos, de grandes esperanzas y deseos de cambiar la vida, palabras de Rimbaud que adquirieron en ese entonces una significación sustancial y que a Cortázar le gustaba citar.
Quiero apuntar algo que creo interesante: la forma en que solían entonces reaccionar los europeos y norteamericanos, cuando por una toma de conciencia asumían el rechazo de su sistema capitalista –por consumista y guerrerista–, era convirtiéndose en resistentes pasivos, o sea en hippies tendidos en parques o bajo los puentes, exhibiendo simplemente el lema "hagamos el amor, no la guerra", y casi nada más. En cambio, los latinoamericanos rara vez se volvían hippies, ni siquiera en París. Más motivados, respondían a los llamados a la acción, a la lucha por una sociedad mejor, a través de la militancia en partidos u organizaciones, tomando las armas o, en el caso de los intelectuales, con la palabra, haciendo una literatura comprometida, combativa.
En esos años, Cortázar estaba entre los escritores que querían hacer la revolución en la literatura y no una literatura de la revolución, o sea un instrumento subordinado a la transmisión de un pensamiento político. Nutrido por las vanguardias, desde la libertad surrealista hasta el juego y el humor patafísico de Alfred Jarry, defendió a capa y espada la independencia de la escritura y su ejercicio autónomo, y polemizó fuertemente sobre eso con otros autores como Viñas y Collazo. Consideraba que el compromiso del intelectual debía manifestarse fundamentalmente a través de sus actos o en entrevistas, declaraciones periodísticas y hasta formas de expresión masivas como los cómics (recordemos su Fantomas contra los vampiros multinacionales).
Pero ya a partir de finales de los sesenta, en que se precipitan y agudizan las convulsiones sociales y por ende se intensifica la violencia represiva, siente el impulso y la necesidad de insertar dentro de la misma ficción estos nuevos y duros acontecimientos, como notoriamente ocurre en el Libro de Manuel, lo que produjo cierto reparo, esta vez de parte de quienes encontraban artificial en su escritura esta repentina irrupción de lo testimonial, con la inclusión hasta de recortes de informaciones periodísticas. Y desde un ángulo opuesto le criticaban también, por ejemplo, que en la trama introdujera las fantasías de lucha armada de un grupo latinoamericano, nada menos que en el mismo París, como una exageración absurda por ser inimaginable algo así, y sin advertir su sentido de parodia crítica. Pero les puedo asegurar que similares extrapolaciones delirantes de una forma legítima de lucha en América Latina existieron en la realidad, yo misma las conocí muy de cerca. No fueron imaginerías de un escritor alejado del mundo.
Lo cierto es que nada podía ser más injusto que ver a Cortázar como un intelectual frívolo que coqueteaba con un tema tan serio como la liberación del continente, causa con la que se fue involucrando cada vez más, al punto de sumar a sus frecuentes viajes a Cuba su fuerte compromiso a favor de la hostigada revolución nicaragüense. Y tanto se entregó a ello que, como algunos de nosotros hemos sido testigos, hasta arriesgó su salud y, debemos decirlo, sin duda acortó su vida, cuando ya grave e irreversiblemente enfermo volvió a Nicaragua para participar de campamentos internacionalistas solidarios, en pésimas condiciones, situados en la zona misma de guerra con los "contras".
Es evidente que Cortázar fue experimentando cada vez con más fuerza ese convencimiento expresado por el cineasta Pino Solanas de que, en tiempos de ignominiosa opresión, ser nada más que espectador es ser traidor. No resignarse a ser tan sólo espectador en su caso significaba: ser tan sólo escritor. Por eso, en una entrevista recogida en el documental que le dedica Tristán Bauer, Cortázar hizo suya la sabida afirmación de que nadie puede permanecer tranquilo mientras persista la explotación del hombre por el hombre.
Quiero terminar citando un fragmento de un texto que escribió pocos días antes de morir, que revela su dolorosa ansiedad ante la crítica situación en que había visto a la revolución nicaragüense en su último viaje (impresiona la actualidad de sus palabras a pesar de los veinte años transcurridos): "el gigantesco esfuerzo de un país tan desposeído, pobre e ignorante como Nicaragua se ha visto brutalmente frenado por los ataques somocistas telecomandados desde Washington…Washington reclama democracia… ¡Y también reclama libertad de prensa y política! No joroben, Reagan and Co. El juego es demasiado claro, y ese juego es la estrangulación paulatina de un país al que se le va quitando uno a uno los medios para llevar a cabo su proceso en busca de una democracia verdadera y de raíz popular, al que se le reprocha airadamente que no cumpla con los postulados de la democracia tal como es concebible en los países más desarrollados. Todo está terriblemente claro: Nicaragua caerá si no multiplicamos nuestros esfuerzos solidarios y eso significa algo más que leer un texto como éste y estar de acuerdo con él, significa una movilización ante los poderes nacionales en América Latina y en Europa para que sepan que sus pueblos no toleran esa ejecución retardada, ese lento suplicio diferido con tanto cinismo. ¿Vamos a dejar sola a Nicaragua en esta hora que es como su Huerto de Los Olivos? ¿Dejaremos que le claven las manos y los pies para que un insolente procónsul siga jugando con el resto del mundo en nombre de una pax… norteamericana?"
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