Carta a Julio Cortázar

 

Querido Cortázar: Hoy
estuve viendo un video
(decir "vídeo" no deseo,
porque yo español no soy,
ni jamás a serlo voy)
que grabó por los setenta...
principios de los ochenta...
Televisión Española.
Blanco y negro. Ni una sola
publicidad. Charla lenta
entre un tremendo escritor
y un lúcido periodista.
Y yo, simple repentista
con vicios de narrador
me pegué al televisor
durante dos largas horas
y junté fuerzas lectoras
para buscar en tu cara
algo que me delatara
tus técnicas narradoras.
Fumabas. Estabas serio
y con un traje anticuado.
Estabas algo barbado
y flaco y en cautiverio,
pero con el magisterio
que te caracterizaba.
El presentador fumaba
tus restos de humo argentino.
El decorado era "fino",
pero no escandalizaba.
Mi esposa y yo nos sentamos
en el sofá a contemplarte,
a escucharte y a estudiarte,
y cuando nos levantamos,
Cortázar, nos contemplamos...
no te sabría decir
si con ganas de reír
o de llorar... Sorprendidos.
Teníamos los oídos
que podían escribir.
Teníamos las pupilas
que si les dan un teclado
te hubieran homenajeado.
Y las manos intranquilas,
con extrañas retahílas
verbales en la memoria.
Nos reinventamos tu historia.
Te volvimos personaje,
cronopio, niño salvaje
que se ha subido a la noria
de la Gran Literatura
y no se quiere bajar.
Nos pusimos a jugar
a adivinar tu estatura.
Ella tomó tu cintura.
Yo me coloqué a tu lado
y me noté duplicado
en tamaño. Tú reías,
fumabas y repetías
tu español afrancesado
lleno de giros porteños
e influencia morelliana
–¿Cuándo vuelves a La Habana,
cuándo ves a tus pequeños?
–No sé –respondí entre sueños–,
posiblemente en agosto.
–Has pagado un alto costo...
–¡Por amor! –te interrumpí.
–Lo mismo de siempre... Y
tu rostro largo y angosto
se puso serio otra vez,
como si te molestara
que viéramos en tu cara
las marcas de la vejez.
Natalia, con rapidez,
te brindó un trago de fino.
–No gracias, prefiero vino
tinto, sino una cerveza.
Me di cuenta: qué torpeza
no tener mate argentino.
–Podemos hacer un té,
intenté arreglarlo. –Deja,
si ya me voy... ¿Sos pareja?
–Claro, ¿es que no se nos ve?
–Oh, sí, perdoname, che,
es que la Televisión
me engarrota la visión...
–Julio... ¿y La Maga? –¿La Maga?
–Sí, Córtazar, no se haga,
aproveché la ocasión
para hacerle un guiño.–Bueno,
La Maga era... diferente...
como el agua bajo el puente...
La Maga era un cuento ajeno.
–¿Existió?–Era un ser tan lleno
de vida… –¿Existió?
–¿Qué importa?
–Es que mi esposo se corta,
Julio, pero él escribió
un texto en el que incluyó
a La Maga y no soporta
(esto se lo juro yo)
verla triste, envejecida,
sola en París, tan dolida
con lo que usted publicó.
–Qué es, ¿una novela? –No,
un capítulo, un fragmento.
–También sirve como cuento,
me atreví a decir.–Qué bien.
Me puso un dedo en la sien
y me leyó el pensamiento:
–¿Es que no puede inventarse
personaje tan real?
Piensas bien, pero haces mal,
nunca debe preguntarse.
–Perdone, puede olvidarse
del asunto. Fue mi esposa…
–Bien, pero dime una cosa:
¿qué sucede con Lucía
en tu cuento? –Ya podría
hablarme sobre otra cosa.
Y no sé si te enfadaste,
Julio, con esta advertencia,
pero me asombró la urgencia
con que después te marchaste.
De pronto, te levantaste,
entraste al televisor,
pediste al presentador
que despidiera el programa
y me quedé como un Fama
hundido en mi propio error.
Por eso te escribo ahora,
para que te justifiques
o por lo menos me expliques
(la que insiste es mi señora)
tu enfado de última hora.
Hemos intentado ver
"el vídeo" de mi mujer,
("mi video") nuevamente
y es imposible, es silente,
te niegas a responder.
El pobre presentador
no deja de preguntar
y no haces más que fumar.
Ya el programa es en color.
El decorado es peor.
La publicidad abunda.
El periodista redunda
en lo que va preguntando,
se le ve incluso sudando,
pero una mudez profunda
envuelve tu afrancesada
voz de güije parisino.
Largo gavacho argentino,
¿por qué no nos dices nada?
Porteño con la mirada
redonda y tan largas manos,
perdona a estos ciudadanos
de a pie en la Literatura.
Habla, escribe, sé… procura
calmarnos. Somos humanos.
Somos pequeños lectores.
¡Si al menos nos contestaras
esta carta y demostraras
tu indulto a nuestros errores!
Yo nunca pido favores,
pero te pido un favor:
si no eres buen escritor
de cartas, si esto te altera,
por lo menos recupera
voz en el televisor.
Ya tenemos vino tinto.
Ya hemos conseguido mate.
Yo sé que fue un disparate,
que tú eres, no sé, distinto,
que nos traicionó el instinto
lector… Sí, nos damos cuenta...
¡Pero, por favor, inventa...!
Mi Maga es, seguramente,
hija de la tuya y siente
lo mismo por mí,
Pimienta.

 

• Confesión del perseguido / Ileana Álvarez

• Intertextos / Mirta Yáñez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diseño e implementación: Karel Bofill Bahamonde
Revista Matanzas.
Revista Artística y Literaria
©Ediciones Matanzas, 2009