Las manos del cronopio
Cortázar llevaba con elegancia su enorme estatura. Las ropas parecían hechas a la medida de su silueta bien proporcionada. Con algo de felino, su modo de desplazarse tenía, como hubiera podido decir un cronista de modas masculinas, inevitablemente cursi, un toque de distinción en armónica correspondencia entre figura, andar pausado y la cálida tonalidad de su palabra. Las orejas y las manos, ambas inmensas, introducían algo inquietante en el perfecto equilibrio que emanaba de la presencia física del cronopio. Las orejas eran grandes pantallas abiertas al universo sonoro, a la desgarrante respiración del jazz, a los matices en la voz de los hablantes, a los rumores enmascarados por el silencio, a las imperceptibles señales del mundo. Instrumentos de laboreo, las manos se apoderaban de las cosas para transformarlas.
Madrugadora y puntual, en espera de la habitual reunión de la revista Casa de las Américas, yo disfrutaba el primer café del día. A poco, llegó Lisandro Otero, en completo uniforme miliciano recién salido de la tintorería. El pantalón y la camisa no guardaban huella alguna de tormentosa noche de guardia. Observé divertida, notando la incurable puerilidad de mi viejo amigo, que llevaba pistola al cinto, algo inusual entre quienes robábamos horas al sueño para resguardar nuestros centros de trabajo. Bromeaba con el aguerrido combatiente cuando llegó Julio Cortázar. Arrellanado en una butaca acomodó como pudo el corpachón y las largas piernas. Percatado del atuendo del cubano, extendió el brazo y en tono displicente pidió que le mostrara el arma. La agarró con desenvoltura y la colocó en la palma de su mano. Entonces se produjo el milagro.
De súbito el arma perdió su poder mortífero. Se convirtió en juguete inocuo, en objeto inútil carente de sentido. El cronopio lo manipuló a su antojo. Al devolverlo, tomado con descuido por el cañón, comentó: –Es un arma muy buena. Sabes, yo fui campeón de tiro. No hubo más. Al regreso, cumplido el horario de almuerzo, Lisandro había recuperado su habitual ropaje civil.