Expo "Las semillas de la ceiba" de José Miguel González.
JOSE MIGUEL EN MIS RECUERDOS.
Más allá de los matices individuales, celebrar un cumpleaños es siempre motivo de júbilo, como lo será en Mayo del presente año 2011 para la ciudad de Colón en la provincia de Matanzas recordar a uno de sus hijos ilustres en el 90 aniversario de su nacimiento.
José Miguel González Jiménez no estará presente en los festejos que en su honor se programan porque hace unos años nos abandonó físicamente, dejando una importante obra que la Galería de Arte Universal de su ciudad natal conserva con celo en una muestra permanente que será enriquecida para la ocasión con otras obras de su fructífera labor creadora.
Cerámicas, dibujos, pinturas, proyectos arquitectónicos e investigaciones sobre temas históricos y artísticos nos acercan a este “gigante bueno” que detrás de una aparente tranquilidad, protegía un mundo complejo, a veces atormentado que trasmitía en sus obras a través de formas y colores, elementos que han sido abordados en los estudios de María del Rosario Florido y los hermanos Capote Peón y no faltarán otros sucesivos ante una obra tan rica e interesante, razón por la cual me permito centrar en esta celebración mis recuerdos en el “José Miguel amigo” y me excuso de antemano por el corte personal que doy a estas palabras.
Diversos son los caminos que nos conducen al conocimiento de una persona, tuve noticias de José Miguel mucho antes de encontrarlo a finales de la década de los 60 cuando camino a la Escuela Secundaria Básica “José Martí” era ritual diario pasar delante de su casa paterna en la calle Colón y leer a la ida y a la vuelta una para mi fascinante tarja sobre la fachada que indicaba: “José Miguel González , Arquitecto”. Con tan sólo 12 años, pero con la desición de llegar a ser arquitecto en una ciudad que a la época mejor sería llamarla “pueblo corto con nombre de ciudad” mi fantasía traspasaba las paredes de madera de su casa y la alta tapia que dividía su patio del contiguo de la casa de la familia Roda Real a quienes visitaba con mis padres debido a una consolidada amistad .
Fue en el verano de 1969 que aprovechando una de sus habituales visitas a su familia, el conocimiento de su hermana Rita y la vecindad de amigos comunes como los Roda Real que toqué a su puerta y conversé por primera vez con José Miguel. Faltaban pocas semanas para ingresar en la Facultad de Arquitectura de Universidad de La Habana y él hacía pocas semanas que había dejado de ser professor de Dibujo en la misma Facultad, alejado del encargo de la enseñanza por injustas incomprensiones del momento que tanto lo marcaron. Era un período de cambios para ambos, 30 años precisos nos separaban en la cronología del nacimiento pero coincidíamos en haber visto la primera luz en Colón, en la calle Pinillos, hoy Calixto García y soñar con el mundo de la arquitectura y el arte.
Para ambos el salto a la “gran ciudad” representó una apertura significativa y cada uno en su forma recogió lo mejor para después devolverlo al lugar de origen, quedaron atrás los días en que su casa, siempre cerrada, era un misterio. Entrar a su casa fue un descubrimiento, paredes llenas de cuadros, cerámicas por todas partes, recuerdos disímiles y una atmósfera sin igual en el mundo colombino del momento. Un patio colmado de vegetación exhuberante y una casa estructurada a “L” exactamente como mi casa natal; dos crujías paralelas a la calle y un martillo prependicular prolongado en una galería abierta a un patio lateral, estrecho y largo para desembocar al final en el patio grande, lleno de árboles y de las más variadas plantas. La madera estaba en todas las paredes a excepción del muro común con la casa de la familia Roda-Real como también lo era en la mía .
Su lugar de trabajo; la saleta, espacio entre la gran sala y el patio lateral, un enorme escritorio de pesante madera: “el buró” como acostumbraba a llamarlo, rodeado de “comadritas” repisas y muebles llenos de cristales y piezas de todo tipo. Sobre “el buró “, entre libros, apuntes y acuarelas, generalmente alguna flor natural o planta que les servían de modelos para sus dibujos y posteriores cerámicas. Así comenzó nuestra amistad, por mi parte era un joven ávido de conocimientos, curioso y deslumbrado por el saber que emanaba aquel hombre alto y robusto en medio de un ambiente diverso para lo que era la realidad de Colón.
A partir de ese momento nos encontrábamos durante las vacaciones del verano y fin de año y ocasionalmente en algún viaje esporádico en que coincidíamos en nuestra ciudad natal. Muchos y diversos fueron nuestros temas de conversación, escuchaba atentamente sus anécdotas, sus recuerdos de Victor Manuel, Amelia y de tantos maestros que me fascinaban y no había tenido la posibilidad de conocerlos personalmente. Me contaba del Taller de Santiago de Las Vegas, de sus últimos experimentos, de " sus altas y sus bajas " . Me asombraba delante de su habilidad con una técnica tan difícil como la acuarela donde un error en la transparencia se paga con la ruina de la obra. Hablábamos de arquitectura, retroalimentándonos mutuamente con modestia de mi parte, comentábamos, discutíamos sobre la arquitectura vernácula que no era un tema muy abordado en aquellos años pero nos apasionaba la madera y las producciones arquitectónicas realizadas con este material y le enseñaba mis dibujos, le contaba mis experiencias, me aconsejaba libros y nos actualizábamos con las últimas lecturas, disfrutando siempre de aquel ambiente fantástico de su casa colombina, donde ya comenzaba a pesar el degrado de las estructuras de madera, la fuerza de Rita mermaba para mantener limpio todo aquel verdadero museo y la invasión de las plantas por todas partes. Nos regalábamos "gajitos" para sembrar, pasión común por el mundo natural y también por la cocina, las recetas nunca estuvieron ajenas de nuestras conversaciones y lo recuerdo con su enorme "jaba" de yarey con la que hacia los "mandados", sus comentarios de la actualidad y su picardía cuando bajando la voz, casi en un susurro me contaba algún “chisme” del ambiente cultural.
Poco a poco, año tras año, se fue consolidando una amistad, mucho aprendí de José Miguel, pasaron los años, me gradué, comencé a tener experiencias de trabajo y empecé a viajar, él disfrutaba mucho con mis recuerdos de viajes, con las conferencias en el Museo o en la Galería y llegó el momento de su jubilación, paso dramático porque representaba alejarse del taller de cerámica ,donde junto al barro y los colores había empastado sufrimientos y alegrías, esperanzas y desilusiones, éxitos e incomprensiones. Le era difícil fisicamente trasladarse a Santiago de las Vegas, la soledad crecía y la solución era regresar a Colón al ambiente familiar, difícil por los años y los achaques de salud y entonces fue que su cielo se oscureció con las nubes grises de la depresión, quizás con la peor crisis de toda su vida. Me buscó y para mi sorpresa llegó con un tesoro entre las manos que depositaba con confianza en mí, eran las obras de Víctor Manuel que hoy se encuentran en el Museo Municipal de Colón, el testimonio de su intensa amistad con el maestro. Comprendí que necesitaba ayuda urgente y lo tranquilicé, lo acompañé a su casa e inmediatamente con la ayuda de los Capote se canalizó el soporte médico para excluir cualquier problema funcional no confesado que estuviera corroyendo su salud, los dibujos de Víctor se entregaron oficialmente al Museo y en una acción relámpago se montaron y colocaron en una de las salas aún vacías de la Institución, dándole así una inyección a su perdida autoestima y reconociendo su generosidad sin par . Comenzó entonces para José Miguel el último período de su vida, alejado de los hornos pero cerca de la familia, atendido, reconocido y mimado en su tierra como no lo había sido antes. La Galería de Arte Universal representó para él su bastón de apoyo ( material y espiritualmente ), savia nutriente para el resto de sus años.
Ante sus obras hoy nos podemos deleitar con sus formas y colores característicos, donde la naturaleza es omnipresente, la vida que trasladada por medio de un pincel o un lápiz del marco natural a una cartulina, tela o pieza de barro, la intensidad de su línea, fuerte, pasional, pues como escribiera José Martí “sin pasión, la línea más pequeña nacerá muerta”. Martiano profundo llevó el conocimiento universal a los estudios de su tierra y de su localidad con la fuerza del “hombre ceiba” como lo definió Lincoln Capote “que nos cubre con su sombra fresca”, añadiría que también como la
ceiba que lanza sus semillas al viento, así lanzó su obra al mundo José Miguel, sus piezas están en numerosos países pues como regalos de Estado sus creaciones cruzaron los mares para constatar esas palabras que tantas veces hemos oido “el arte no tiene Patria, los artistas sí” la obra de José Miguel nos representa y como eficaz mensajera ha llevado la cubanía a los lugares más distantes pero sin renunciar a su terruño, a su Colón querido que supo y sabe darle lo que otros no supieron o quisieron darle en el momento merecido.
Ramón Cotarelo Crego.
Viareggio, 28 de Enero del 2011.
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