Reflexiones sobre mi obra
Te he traicionado Jirí
Sobre La balada del marino.
Reflexiones del autor.
La Odisea de Homero, la hermosa epopeya de Ulises intentando regresar a Ítaca era el sueño del DIRECTOR. El punto de partida de lo que sería primero un guión y luego la próxima puesta en escena de El Mirón Cubano para el teatro de calle. Pero a mí, el AUTOR, la fábula homérica se me escapaba, se me difuminaba en las miles de ocasiones en que Odiseo revisitaba la escena, subía al escenario e incluso inundaba los espacios abiertos de varias latitudes en muchas ocasiones con evidentes resultados estéticos. Y yo amo intensamente el legado clásico de los griegos y en particular La Odisea y estaba enamorado de las imágenes de los espectáculos inspirados en ella que había alcanzado a ver de las diversas maneras en que este hecho sucede: por videos, en fotografías, en espectáculos en vivo; pero no lograba visualizar lo que deseaba escribir, representar. O más bien imaginaba situaciones de algunos de mis Cantos preferidos de La Odisea que me dominaban por su teatralidad espectacular, por la esencia metafórica que podrían nacer de una reescritura desde la contemporaneidad sin que ello fuera lo que definitivamente quería o más bien queríamos, con elemental respeto, los colaboradores iníciales o al menos uno de los dos: Francisco Rodríguez y yo. Incluso soy de los autores a los que resulta difícil trabajar por encargo en una obra que no es de mi original autoría, por una extraña y rara sensación que me acompaña durante el empeño, una sensación de intromisión en materiales ajenos, en ideas de otros, o tal vez un sentimiento de orgullo, de aprehender mi propio imaginario con mi característica obsesión por la realidad que me circunda, aunque la inmensa mayoría de muchas de las grandes obras de la dramaturgia universal sean precisamente resultado del “saqueo” de los materiales de obras de otros autores, a las cuales muchos han trascendido. Autores entre los que se encuentran algunos de los que más he admirado, mis maestros involuntarios: esos que separados por el tiempo y las latitudes andan siempre junto a nosotros enseñándonos con el magisterio de sus obras. Autores que son el legado más grande de la dramaturgia universal.
En ese intento de buscar en La Odisea la génesis del próximo espectáculo de El Mirón Cubano recordé a Jirí Wolker, poeta proletario checo, que por su grandeza y talento nos legó una obra trascendental cercenada en su máximo esplendor a los veinticuatro años de haber nacido en 1900. Lo busqué con sus famosas baladas y me enamoré de la del marino Mikulás. Wolker es un autor representante de la corriente del arte proletario donde se encuentra inmerso el hombre enfrentado a la sociedad, donde está el drama de los desposeídos y de la gente común y en la balada encontró un auténtico camino para la creación. Para mí en este género se encuentra como en ningún otra forma poética la simiente del drama: una historia, personajes con ciertos rasgos que lo definen, una estructura; situaciones eminentemente dramáticas y una visualidad, aportada por los versos a través de la imagen, como recurso poético que me transmiten, como autor, la posibilidad de llevarla al teatro, confiando siempre en un diseño, que la apoyaría desde la espectacularidad que sugería primero el poema y después mi reescritura de la balada original, llevada al lenguaje de la escena, al de la calle, al de guión concebido para irse transformando a partir de las “necesidades” que la propia puesta y los espacios abiertos iban requiriendo. También encontré en Balada del Marinero diversas claves que me remitían a la Odisea, la partida hacia tierras lejanas de sus protagonistas, la espera de la mujer por el hombre que parte, el asedio de los pretendientes, el castigo o la intervención de los Dioses, el perro que cuida la casa y a la mujer y que reconoce a Mikulás y a Ulises a su regreso, los otros amores que los personajes van encontrando en su viaje por las tierras del mundo, mucho de estos elementos desde una perspectiva inversa de la Odisea. En aquella predomina la fidelidad, en esta la traición y el sentido trágico del castigo, siempre el castigo vengador, con un sentido vital y contemporáneo. Mikulás es traicionado y a la vez traiciona a su verdadero amor; castiga y a la vez mediante el castigo se redime, ante su conciencia, ante la sociedad, solo, cuidando el faro. Salvando de la muerte a otros hombres, se salva. En estos elementos esenciales, se encuentra la clave de Balada del Marinero, convertida de poema, en teatro para la calle, lo cuál es otro lenguaje, donde las historias se concentran y a la vez, producen el nacimiento de otras que buscan dramatizar lo que en el texto original se resume en un verso para darle un sentido espectacular, de epopeya, a la historia de amor, escribiendo en función de la escena, de los paisajes abiertos, de los que El Director me solicitó. Balada del Marinero, del marino, es la de Jirí Wolker y a la vez, no lo es. El Poeta dejó la huella de sus cantos, de sus versos, la belleza de su palabra custodiada por la eternidad, pero en las diferentes reescrituras de la historia de Mikulás, en el proceso de la puesta en escena, solo fue quedando el original como una estela luminosa de espuma tras el barco. De la página tuyas y mía nació el espectáculo. Del diseño y la puesta fue naciendo un resultado diferente, eminentemente teatral y callejero, pero donde el amor a la belleza de tu palabra, a la poderosa fuerza de tu historia te he traicionado Jirí.
Tejer la ventana
Ulises Rodríguez Febles
Cada obra nace de una experiencia particular, a veces de una anécdota de un personaje, de una frase, de un acto de la cotidianidad que exacerba de alguna manera la sensibilidad creativa y lo lanza a uno a la escritura, frente a la hoja en blanco. La Ventana Tejida nació de una imagen, de una voz, de percibir la degeneración del cuerpo, la mente de un ser humano; de los olores de una casa, de las sensaciones que produce un grito, una risa trastocada en llanto, y viceversa; nació de percibir la soledad, el vacío y la esperanza, el amor infinito a quien nos procreó, o a otros seres; de nuestros conflictos, frustraciones, de nuestros sueños postergados, por la dedicación a su cuidado, de las carencias humanas y las que la sociedad nos impone. Tenia entonces veinticuatro años y la entrada por motivos profesionales en aquella casa de la calle Martí, en Unión de Reyes, propició el encuentro con un hijo, a veces sentado en un sillón junto a su madre, otras terminando de bañarla, intentando que tomara la leche, las medicinas, conversando con ella, intentando que lo escuchara, esperando un gesto, una sonrisa, una señal de que aun recordaba, que algo la ataba a la realidad, a sus recuerdos. Una dramática realidad. Fue Pedro Vera, director de Teatro D´Sur, el hijo, quien me pidió que escribiera el texto para que lo interpretara Regla Báez. Por lo tanto La Ventana Tejida nació de la conversación sobre sus conflictos, de aspectos de su vida, de la enfermedad de alzheimer, cuando aun en Cuba, no se hablaba de ella, cuando era completamente desconocida, cuando para muchos especialistas era arteriosclerosis y no esa enfermedad, que según las ultimas estadísticas médicas padecen en nuestro país mas de cien mil personas. Y nació también, claro está, de mi experiencia personal. En ella esta mi memoria: la maquina de coser mi madre, los recuerdos de mi hermana acosada y fulminada por una enfermedad letal, las intolerancias ideológicas que viví, o que vi sufrir a otros, aun en los ochenta y noventa, las agudas carencias de medicamentos, que padecí y padecemos, que me marcaron y me marcan, y que traslade a un personaje femenino cuya juventud fue la de los sesenta y vive en la década de los noventa, y parece puede vivir la actual década, la próxima y las futuras. Un personaje alucinado, en una historia de situaciones a veces oníricas, absurdas, trágicas, con destellos de humor negro, a veces corrosivo, siempre humano. Lo que intente escribir fue una metáfora de la soledad, de la frustración y de los sueños que se elevan sobre todas las vicisitudes, de la imaginación del ser humano ante todos los agobios que la realidad le presenta como intento de sobrevivir espiritualmente. Intente desde el énfasis en la realidad, apartarme de lo literal y hacerlo desde un lenguaje poético, sugerente… Era, es un tema, un conflicto universal del que parece el ser humano en ninguna latitud (a veces) logra escapar. O al menos pueden existir diversas (otras) variantes para hacerlo
En los hacedores, Vera o Miriam Muñoz, con su montaje de Icarón Teatro, está el trauma de la entrega a las obligaciones familiares y la necesidad de realización en todos los ámbitos de la vida. De nuevo, las carencias asediándonos, la frustración y el quijotesco afán de sobreponerse. Y también el interés de dialogar a través de un discurso contemporáneo con nuestra realidad desde la esencia de lo humano, que esperamos desde sus butacas, los conmueva….
Valle de Guamacaro
(Publicado en La Gaceta de Cuba)
Un valle, el Valle de Guamacaro se mira desde arriba, desde la Loma de Botino que es la más alta. Y ahora la miro desde los sedimentos que la memoria va dejando y desde los ojos del adulto que soy. La del niño: he plantado una bandera blanca para que la vean por el norte desde Varadero, para que la reconozca El Cochero Azul y Dora Alonso recorriendo Punta de Hicacos con sus personajes y me salude del otro lado de la loma. Al Sur, es decir frente a mí: la inmensidad del Valle. El río Moreto que se pierde atravesando kilómetros de extensión hasta el Canimar, hasta el mar, incluso en la Bahía de Matanzas cuando crece y se hace inmenso y lo arrastra todo, hasta lo más preciado de los guacamareños, sus sembrados de inmensos guaguises, los más grandes de la Isla de Cuba, puede decirte cualquiera de la familia de los Morenos, los Carmenate, los González, los García, los Hernández, los Nieblas... Un río con sus zonas vedadas, porque La Madre de Agua puede hacer que te pierdas para siempre, no se sabe si en su boca, o en una cueva o en el cieno, pero donde aprendí a nadar con un solo pie hasta que definitivamente no me ahogue, por tenaz insistencia de aprender aunque desapareciera en las oscuras aguas de un afluente con el nombre de Río de Genaro. Allá, donde se ve la carretera de Limonar al entronque de Ponce, en el KM 9 podía ver mi casa de madera siempre pintada de blanco y gris, entre cañaverales, frutales, cerca del camino real, por donde íbamos caminando cada 2 de enero a los actos en el Central por la muerte del Comandante Horacio Rodríguez y donde quedé retratado junto su busto en el pequeño parquecito, muy cerca del coopelita, cuya inauguración fue una sensación en mi época. Esa fue la casa donde leía incansablemente los clásicos de la literatura universal que me compraban mis padres en alguna librería de la ciudad de Cárdenas, los libros que leía cuando no me fajaba a las piedras con los hijos de Mirtha y Andrés Valenzuela, y Ridel González era mi aliado, hasta que todo se invertía, y cambiamos de bando en el combate cuando ocurría alguna “dramática contradicción” infantil. Desde lo alto me veo corriendo entre los árboles, entre los barrancos, entrenándome para esa obsesión de atleta que me fue naciendo por superar las marcas del cronometro en los cien metros planos cuando me hice adolescente, joven, mientras me creía todos los personajes de los libros que leía, de las películas que Pino, el proyeccionista del Cine Móvil traía a la pantalla improvisada del círculo social de la Finca Dolores Junco, que fue antes de la revolución la Sociedad de Colonos y a finales de los setenta el círculo de la cooperativa con su barco Crucero Aurora, impetuoso bajo una palma real en la CPA más grande de Cuba, donde todo comenzó a cambiar, recuerdo: los campesinos entregaron las tierras y surgieron las oficinas con los burócratas al lado del círculo, encima del Bar, donde me tomaba mis cervezas Cabezas de Lobo con el dinero que me daba mi tío Videncio, el de los caballos más lentos del mundo, que se detenían ante cada accidente del terreno, le daban la vuelta y luego seguían el camino. La cooperativa con los camioneros y sus Hinos destellantes y la pista de MotoCross y el rescate de las tradiciones campesinas en los juegos y las visitas de las delegaciones checas, soviéticas, nicaragüenses y la electricidad alumbrando la oscuridad y por lo tanto la posibilidad de un televisor para todas las casas sin que hubiera que agruparse como en un cine de barrio en casa de Eulogio o Abraham. Y veo más al Este: el central Triunfo, La Julia, el Horacio Rodríguez con su pito, su campana antiquísima, su tándem, el bullicio de las máquinas triturando la caña. Y los camiones y la torre, el olor a azúcar, las lluvias de cenizas sobre las casas, la gente y los jardines más hermosos que algún central ha tenido alguna vez. Y veo a los azucareros de siempre en sus bicicletas hacia los cambios de turno con sus cascos y sus gorras, puntuales. Y miro la carretera de nuevo y veo la máquina de ANCHAR de Manolo Cuellar, largo y flaco, peleando con mi tía Emilia siempre vestida de blanco, que me llevaba a la iglesia, donde vi la primera obra de teatro con el nacimiento del niño Jesús, hasta que me hice pionero y le dije adiós a los sábados de misa. Y también veo la carreta de Chicho Martínez recogiendo yaguas para proteger el tabaco y sus malas palabras y su caballo blanco. Y las guaguas Skoda que no se rompían como las de ahora que nunca están, ni tampoco los tractores, para llegar al lugar donde me crié hasta los diecisiete años. Y recuerdo la primera obra que vi, representada por niños de mi escuela rural y el deseo que me dio de ser alguna vez uno de ellos: para pintarme de negro, de mayoral o ser José Martí en el Hanábana. Y subo ahora al Valle, adulto, con mi prima Mayelín Niebla y veo desde arriba el Crucero Aurora casi hundido en los aromales. Y mi casa perdida entre el maíz o la malanga que sembró mi primo Jesús y la torre del central sin humo para siempre, callada porque no quedan las flores del batey, ni las máquinas, ni la gente saliendo de los turnos; solo el vacío como huella de que allí hubo algo una vez, de que la casa de Adolfo Marzol, que antes fue mi segunda escuela primaria y después un círculo social, es un testigo del paso de la historia y me recuerda de alguna manera que desde la ventana de mi aula se veían las torvas cargadas de azúcar y que a la torre le nacía siempre una nube oscura o azul de la chimenea y ahora solo puede verse la nostalgia de un viejo azucarero que espera un rayo la fulmine un día de lluvia. Tampoco están los caballos con sus alforjas amarradas a la orilla de la carretera, sin que venga alguien y le lleve una pierna para venderla a buen precio en el mercado clandestino, y hasta el río me parece una línea zigzagueante de agua, sucia y perdida, sin peces, ni majases inmensos que se lo coman a uno, pero deben ser ideas, porque si vuelvo a mirar, viene Dimas, el loco con sus perros y sus latas y hay una fiesta inmensa de fin de zafra y todos mis amigos y las muchachas de las cuales me enamoré y no le dije nada o le dije y hasta me dijeron que sí, o que no, están con mis queridos maestras y maestros, con mis condiscípulos y mis tíos en sus caballos. Una fiesta a donde llega mi bicicleta verde y el patio de José Manuel Santo Domingo donde se oían fantásticas historias de aparecidos a la luz de un farol, la imagen de mi padre midiendo carreteras, casas, caminos bajo su casco blanco y el sonido de la máquina de coser de mi madre. Una fiesta donde debe estar el grito inmenso, único, del día que pusieron la luz eléctrica, la leyenda del gorila que se veía en los montes del Diamante, el pito del central anunciando el fin de la zafra, las lágrimas de un guajiro, que ningún hombre de ciudad puede comprender, porque le han matado un animal, el silencio de las noches, el cielo cruzado por un rabo de nubes y la imagen de una vieja destruyéndolo con una tijera en la mano, la palma atravesada por un balazo de un miliciano o un alzado frente a mi casa, mi hermana y su recuerdo radiante de mujer sana y hermosa bajando conmigo de los arboledas de la finca de Generoso. Una fiesta del recuerdo del lugar donde uno nace, crece y que jamás olvida y es el más lindo del mundo, aunque no lo sea porque huele distinto y su tierra, la negra tierra que ensució mis pies, que llenó mi cuerpo con su aroma, uno siempre la lleva dentro, como la sangre, no importa el lugar donde esté, para tocarla y esparcirla al viento.
Ulises Rodríguez Febles
Dramaturgo e investigador. Cárdenas, 1968.
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Cada año, todos los niños y jóvenes en edad escolar y estudiantes universitarios pueden participar en este concurso,convocado por El Ministerio de Cultura, la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, el Ministerio de Educación, el Ministerio de Educación Superior, la Oficina del Programa Martiano, el Centro de Estudios Martianos, la Sociedad Cultural José Martí y la Unión de Jóvenes Comunistas y la Organización de Pioneros...








