LA SERPIENTE QUE SE MUERDE LA COLA

Al hablar de la historia del teatro
matancero se hace imprescindible mencionar dos instituciones: el
Teatro Sauto y René Fernández. El primero por ser uno de los edificios
teatrales emblemáticos de la isla de Cuba y el segundo por representar
en sí el paradigma vivo del artista matancero y cubano. Exponente
genuino de una psique creadora.
Profesor, dramaturgo, coreógrafo, director de escena, diseñador
y promotor cultural, René Alberto Fernández Santana (Matanzas, 1944)
ha desarrollado una intensa labor al frente del Teatro Papalote
y también al frente de su máquina de escribir de la cual han salido
incontables títulos, muchos de ellos inéditos. Sin embargo, el Director
Artístico René Fernández es mucho más conocido que el dramaturgo,
aunque la producción dramática del maestro yumurino es diversa,
abundante y ha enriquecido, en cantidad y calidad, la liturgia teatral
para niños de Matanzas, Cuba e Hispanoamérica con textos vanguardistas.
La figura cósmico filosófica de la serpiente que se muerde la cola
tal vez sea la mas apropiada para simbolizar a este creador. Para
Fernández el todo regresa a la parte una y otra vez, con nuevos
y superiores efectos. Su teatro es la expresión de la sabiduría
popular que se eleva al mundo a través de personajes y temas endeudados
con las calles que lo vieron crecer, de las que aprendieron la indivisible
combinación causa - efecto, y que lo particular se convierte en
universal.
La dramaturgia de René Fernández es dialéctica. Uno de sus mayores
valores consiste en la capacidad de evolucionar y revolucionarse
en sí misma, dando paso a espirales dramatúrgicas superiores que
se sostienen sobre un eje estilístico común. La mayor parte de sus
títulos originales o versiones, tiene antecedentes en su obra. Conflictos,
personajes, parlamentos y situaciones de hoy, muchas veces se cultivan,
maduran y enriquecen con antelación en piezas y obras procedentes
del ayer.
Un ejemplo elocuente de lo anterior es la evolución cronológica
y estética del famoso cuento clásico de Charles Perrault que le
ha dado la vuelta al mundo convertido en ícono popular.
En el invierno del año 1966 se estrenó La Caperucita Roja. Tres
años más tarde aparecía una nueva versión que hubiera hecho palidecer
de envidia a los hermanos Grimm: Historia de la Caperucita Roja
y el Lobo feo, pelado, peludo y patizambo (1969). Pero Fernández,
nunca satisfecho, hace regresar a ritmo de rap y acompañada del
padre (en lugar de la conocida madre irresponsable) a la niña de
la caperuza roja, en la década de los noventa del Siglo XX. En la
nueva versión, a la que tampoco se atrevió nunca ni el mismo Walt
Disney, titulada Otra vez Caperucita y el Lobo (1991), Fernández
demostraba de lo que era capaz pero no terminaba de sacar las uñas
del todo, pues su ingenio y sed de renovación todavía tendrían mucho
que aportar. Así lo demostró con la más reciente de todas las versiones
Caperucita Roja Rojita (2009), escoltada por el padre (de apellido
Roja) y la madre (de apellido Rojita). La cereza del pastel es un
lobo tropicalizado y fetichista que se hace acompañar por un árbol
verde.
No cabe duda de que la visión del niño, como personaje dramático,
ha sufrido una evolución importante en la obra del creador matancero.
Porque el niño ha sido tratado como héroe y el héroe representa
la conciencia colectiva. Pero este niño/héroe evoluciona y se transforma
a favor de su contexto.
El año 1966 tiene una connotación especial dentro de la carrera
del dramaturgo yumurino, precursor del gran salto de la década de
los noventa. El estreno de La guitarra de Felipito, la más romántica
y vanguardista de las obras de René, marca un viraje radical en
la concepción del niño teatral. El protagonista se abre a la aventura
a través de los mares para realizar un gran proyecto, pero más que
un viaje exterior es una indagación interior, profunda y crítica
de la valoración del mundo adulto por parte de los pequeños. Felipito
tiene que completar, imaginariamente, la aventura prometida por
el papa. El niño sustituye el rol del adulto. El niño se independiza.
A partir de este momento la visión del personaje nunca sería la
misma. Con el planteamiento de Felipito comienza el esbozo de la
crisis existencial del submundo del niño en el mundo de los adultos.
Años mas tarde el feliz ensayo de los 60 alcanzaría rasgos de mayor
desafío en Disfraces y Romance del papalote…. De ahí que haya sido
tan coherente para la puesta en escena de La guitara de Felipito,
en el lejano año 1966, el recurso del Op-Art con sus clásicos efectos
rubin y moaré, símbolos refinados del presunto encuentro entre mundos
distantes: la infancia y la adultez, cuyos contornos interactúan
con respuestas psicológicas engañosas. Felipito y su guitarra son
los precursores de las grandes aventuras inmediatas: El día que
se robaron los colores y Gran misión científica de encontrar la
redonda pelota y otras más distantes. Ya desde entonces se aprecian
las primeras inquietudes conscientes del niño, como personaje dramático,
en torno a los valores de la familia, la relación con los padres
y el contrapunteo con el mundo exterior. La guitarra… es la génesis
de la paulatina transformación del niño/héroe desde lo físico (El
papalote que llegó a la luna, marzo/1970), psíquico (Tierra a la
vista, junio/1995), intelectual (Los ibeyis y el Diablo, marzo/1992)
y social (Disfraces, agosto/1992).
Con Romance del papalote que quería llegar a la Luna, el niño/papalote
se completa un largo viaje espacial en busca de la recompensa: La
luna. El héroe recibe el llamado de su conciencia y emprende la
aventura cósmica. Si esta obra se hubiera escrito en el Medioevo
el Papalote estaría en disposición de rescatar a una princesa cautiva
en lo alto de una torre porque los ideales del héroe de Fernández
no dejan de ser altamente románticos, aunque se presentan gratinados
de modernidad, la Edad Lunar. En Disfraces el niño salta a la calle
en franco desafío al agresivo mundo adulto y a favor de una precipitada
maduración. Todavía en este momento entendemos el viaje como catalizador
del crecimiento espiritual del individuo. Por lo menos durante varios
siglos nos hicieron creer que esta era la única manera de conseguirlo.
El niño que escapa de casa es una herencia adquirida de rituales
primitivos en el que la masculinidad y la maduración sexual se alcanzan
en el exterior. Precisamente por ello el tema del niño, dentro de
la dramaturgia cubana e hispanoamericana, a menudo se ha tratado
y maltratado bajo los mismos arquetipos. No por gusto literatura
y drama se han apropiado, una y otra vez, del mismo modelo para
triunfar.
Y tendríamos razón puesto que la mayoría de los personajes de cabecera
de los cuentos clásicos y obras teatrales para niños obtienen la
recompensa al final de un viaje largo y azaroso. El objeto mágico,
intangible y necesario, ayuda a demostrar la veracidad del recorrido
a través del bosque, la mar, los abismos o simplemente a lo largo
de caminos desconocidos llenos de peripecias peligrosas. Es la prueba
del crecimiento interior. A esta tradición milenaria no escapa ni
el mismo Fernández quien muchas veces pondera en sus obras el trígono
casa – escape – victoria, por ejemplo recordemos una vez más que
los jimaguas negros (Los ibeyis y el Diablo), devoran al ángel rebelde
cuando este se ha convertido en una “deliciosa guayaba”.
Pero Fernández, ya cansado de la misma fórmula, modifica este concepto
luego de haber experimentado una y otra vez sobre él. En la trilogía
que contiene este volumen la transformación se genera y cristaliza
en el propio hogar: no hay escape, se renuncia a la aventura exterior
y el crecimiento se consolida en el seno filial. El héroe familiar
deviene héroe social e inaugura una tendencia: el héroe hogareño.
Con ello Fernández supera la estructura clásica, cuando rompe el
mito de la aventura que culmina con el retorno al hogar.
De ahí que uno de los principales aportes de la obra de Fernández
a la dramaturgia para niños sea la introducción de un modelo más
oxigenado de estructura dramática y la presentación de un héroe
de nuevo tipo, que como todo sabemos supera la visión heroica continental,
tan venida a menor tras un largo deterioro a lo largo de las últimas
décadas del Siglo XX.

EL HÉROE QUE NO SALE DE CASA
Las tres obras que presentamos hoy se diferencian de sus antecesoras,
precisamente por introducirnos en la comprensión del héroe hogareño
y urbano. René ha trabajado la figura del héroe en un gran número
de obras, bajo diferentes enfoques y concepciones pero nunca antes
con este matiz. Tal vez con absoluto conocimiento de causa, o aun
sin proponérselo, el autor se ha sintonizado con el perfil que reclama
la conciencia colectiva de la Hispanoamérica contemporánea en el
que la violencia y la inseguridad se apoderan dia a dia de nuestras
ciudades.
En las obras que presenta este volumen: Ángel o cualquier día de
la semana, La Comadrita y Los mangos compartidos las pruebas difíciles,
los obstáculos y el riesgo no se localizan en el mundo de lo desconocido
más allá de casa, sino deliberadamente en el universo intrafamiliar,
interior, en el que otra serie de peligros amenaza la integridad
física y espiritual del niño y la comunidad.
Cansado de enviar al niño a reorganizar el espacio exterior Fernández
propone un proceso de reconciliación, reconocimiento y transformación
que parte de lo interior. El caos familiar merece revisión, cambio
y reordenamiento. Y así lo manifiestan los niños de La Comadrita,
que cartesianamente se deshacen de la pelea de sus padres mediante
un mandato filosóficamente pueril:
NIÑO: No hay nada mejor que no oírlos a ellos.
NIÑA: (MUY REAL) Siempre están discutiendo.
NIÑO: ¡Abuela decía que eso tenía remedio!
NIÑA: Hablar, conversar y no gritar, decía con una sonrisa.
(VAN A APARECER MAMÁ Y PAPÁ)
NIÑO: ¡Rápido, tápate las orejas y patalea para no oír nada!
El bosque, el océano y los parajes ultra filiales se han sustituido
por las relaciones morbosas de los padres, el desorden de la familia
nuclear y la irresponsabilidad ambiental. No existen mundos paralelos
como el submundo de Alicia, ni espacio para armarios mágicos ni
cerraduras maravillosas. El simbolismo metafórico de la escritura
tradicional se concentra en la magia de los objetos cotidianos,
lugares comunes y personajes con los pies sobre la tierra capaces
de convertir el hecho ordinario en un suceso trascendente mediante
la revelación de la verdad. Mérito fundamental de este nuevo tipo
de héroe urbano.
La acotación inicial de la obra Ángel o cualquier día de la semana
es elocuente por sí sola. La acción se desencadena dentro de la
propia casa. El niño no va en busca de la aventura, es la aventura
quien cataliza el encuentro con nuestro protagonista. Y de ese modo
fractura la estructura tradicional de los cuentos y obras tradicionales:
partida – prohibición – mediación – recepción del objeto mágico
– tarea difícil – combate – socorro. Fernández inicia su obra indicando
lo siguiente: (LA ACCIÓN ES EN UNA CASA QUE DICEN NO EXISTEN, PERO
EN REALIDAD EXISTEN. NO ES UNA CASA DE PESADILLAS NI SUEÑOS. ES
UNA CASA. NO EXISTE BARCO SIN MAR. NO EXISTE CASA SIN PUERTA. EN
EL SOLITARIO ESCENARIO UN NIÑO DE APROXIMADAMENTE 10 U 11 AÑOS,
TAMBIEN SOLO. GOLPEA UNA PELOTA DE FÚTBOL CONTRA EL TABLADO)
En La Comadrita, por su parte, la acotación inicial define con precisa
claridad el espacio en el que se desarrolla la acción. La habitación
de una casa de familia es el escenario para el encuentro con nuevas
adversidades éticas: (SE ABRE UNA PUERTA Y APARECEN DOS NIÑOS, CORREN
Y SE ESCONDEN DEBAJO DE UNA CAMA)
Mientras que el mundo de los cuatro amigos R ( Ramonín, Raulín,
Rubén y Rolando) de la obra Los mangos de la discordia se concentra
alrededor de una mata de mangos y el contexto familiar de dos casas
vecinas: (DOS CASA, DOS VENTANAS, DOS PORTALES, DOS PATIOS, DOS
FAMILIAS, UNA JUNTO A LA OTRA…). El antiguo episodio de la guerra
de Troya y Grecia adquiere aquí un carácter vecinal.
La figura del héroe ha perdido las dotes sobrenaturales que en la
antigüedad lo asociaban con semidioses o personajes divinos. El
héroe latinoamericano actual es una persona común y Fernández presenta
una persona común que asume la responsabilidad de “jefe de la tribu”
al protagonizar hechos extraordinarios y denunciar problemáticas
que deben ser transformadas.
Mircea Eliade habla del mito del eterno retorno, sin embargo nuestros
pequeños héroes no viajan luego, no tienen a donde retornar. El
bien y el conocimiento lo adquieren en el hogar y lo ponen a disposición
de sus padres y semejantes. El tesoro está en casa, no hay que salir
a buscarlo y la madurez tampoco se experimenta fuera del hogar,
parece decirnos Fernandez, quien además de dramaturgo es padre.
Al final del viaje, el héroe, no solo se hace más adulto, sino también
es portador de un bien y un conocimiento que deberá compartir con
sus semejantes. La nueva generación se enfrenta a la anterior cuando
cuestiona de los mitos históricos.
Los mangos de la discordia, presenta una sencilla pero ocurrente
parodia a favor de la lucha ambientalista y contra los depredadores
de la naturaleza. Raulín se enfrenta abiertamente a su padre pues
cada uno defiende puntos divergentes en torno a una controversial
mata de mangos. Para vencerlo recurre a un recurso muy en boga hoy
en día: la exposición pública y el escándalo mediático. El héroe
no tiene que abandonar su casa para encontrarse con el “villano”,
la serpiente esta dentro del arcón y el amuleto, en lugar de llevarlo
en el bolsillo después de la batalla, permanece en su mismo sitio.
En un mundo donde el internet, el teléfono celular y los medios
de comunicación construyen una vida “más hermosa” la sabiduría no
hay que salir a buscarla. La astucia se conecta con la tecnología.
La Comadrita nos regala una pieza de profunda cubanía. El dramaturgo
organiza un conflicto que gira en torno a la defensa de los principios
tradicionales de la familia cubana. Un mueble antiguo se convierte
en el epicentro de la discordia que transcurre entre pinceladas
costumbristas y registros del absurdo cotidiano. Las criaturas que
cobran vida en el drama de Fernández heredan de Piñera el sostenido
intento de integrar lo moderno, lo universal y lo cubano, como diría
Raquel Carrió. Los niños catalizan la visitación de la abuela, desde
el más allá, en un contacto visceral entre la vida y la muerte que
desencadena la aparición del deux ex machina y el amuleto mágico
resulta ser un delicioso platillo de arroz con leche, que tiene
la virtud de ahuyentar el mal. Alimentarse de tradiciones éticas
favorece la conservación de la familia y la sociedad.
PAPÁ: ¡Por algo se empieza! ¡Hoy voy a cocinar! ¡Muchachos avísenle
a los vecinos! ¡Todos están invitados!
(LOS NIÑOS DESAPARECEN MUY ALEGRES)
NIÑOS: (GRITOS) ¡A comer arroz con leche! ¡Arroz con leche!
MAMÁ: ¡Tal parece que el efecto del choque con la comadrita te ha
venido bien!
En Ángel o cualquier día de la semana el protagonista se convierte
en el salvador de la madre cuando “asesina” a tres de sus amigas
mediante soluciones infantiles que carecen de toda lógica para los
adultos. Socorrito, la coprotagonista expresa a propósito: ¡Sólo
nosotros creemos en este milagro! tal cual creyeron los personajes
de Triana en el juego metateatral de Las noche de los asesinos (1965).
Las mujeres regresan a la vida en medio de una trama que por momentos
parece ser demasiado onírica y que nos devuelve al conflicto entre
generaciones. Nuevamente el autor pondera un recurso de amparo a
favor de lo absurdo cotidiano, la rutina, la monotonía familiar
y la frivolidad. Las incoherencias pueriles, lo ilógico y los disparates
se convierten en el antídoto eficaz para reordenar el caos reinante.
Y al final, los niños triunfan por medio de la metáfora poética.
Fernández propone una nueva visión del niño héroe/urbano que escapa
de lo cotidiano y se entiende con lo absurdo, existencial, onírico
y metafórico del universo infantil. Espacio al que poco acceso tenemos
una vez que sobrepasamos la infancia. El niño de estas tres piezas
demuestra ser un genuino exponente de la herencia cultural cubana
pero además un verdadero producto de la modernidad en el que los
conflictos existenciales y la problemática emocional obviamente
tienen repercusiones.
Con estos niños conectados con Piñera, Ionesco y Sartre, René Fernández
se desdobla hacia una estructura diferente, adecuada a un Siglo
XXI demandante de modernización, alimentada por la tradición pero
con la visión refurbished de ese personaje que ya no necesita salir
de casa para madurar, iniciarse, ni propiciar cambios esenciales
en sí, para sí y alrededor del caótico universo intrafamiliar.René
Fernández, ese atrevido dramaturgo que desafía el estanco del drama
para niños, marca pautas de modernidad con modelos autóctonos influenciados
por las mejores tendencias continentales: pocos personajes para
focalizar mejor la acción, nombres sin apellidos para universalizar
el conflicto y el juego permanente, para conseguir el verdadero
sentido teatral. Sin embargo, sus personajes evolucionan en deuda
eterna con Tinta y Carnicero (La amistad es la paz, 1964) que parece
gravitar por encima de todos ellos. Aquel que lo dude que le pregunte
a NIÑA en La Comadrita cuando de manera ingenua califica la aparición
de un personaje que llega para resolver lo que aparenta no tener
solución a menos que sea a través del juego ritual entre la vida
y la muerte, el pasado, el presente y la eternidad. NIÑA: ¡Mágica!
(MUY BAJITO A LA ABUELA) ¡Llegaste como llovida del cielo!
FIN
Víctor Reyna |