Sauto: de patria y amor

Sauto: de patria y amor

Por: Amarilys Ribot

Cuando este viernes, 6 de abril, la Banda Municipal de Conciertos preludió las notas del Himno Nacional, hubo lágrimas en los ojos de algunos de los matanceros congregados en el parque-jardín del Sauto. Movidos por la emoción de 155 años de un amor casi patrimonial a su teatro, por la belleza que traen de vuelta sus restauradores, por presencias y ausencias igual de queridas, la música cobraba para ellos un sentido especial, una pertenencia sin palabras, que se desbordó a seguidas con la nostalgia del que quizás debiera ser el Himno de Matanzas: La bella cubana de José White.

El “monumento civil más relevante del neoclasicismo cubano del siglo XIX” –como le elogia la Dra. Alicia García Santana–, “refugio de las artes todas” –defiende su historiador, Daneris Fernández, este teatro bautizado en 1863 con el apellido del gobernador Pedro Esteban ha sido el centro de la vida cultural en la región, amado como “el mejor de Cuba” o “uno de los mejores de Latinoamérica” por artistas como Carlos Ruiz de la Tejera o Frank Fernández, respectiva pero no únicamente.

Tras las palabras de bienvenida del Conservador de la Ciudad, Leonel Pérez Orozco, y un sentido elogio de aniversario por el diseñador Zenén Calero, volvió a ser entregada la Distinción Teatro Sauto. Instituida hace 25 años, tiene el propósito de honrar a personas que han ennoblecido con su aporte el mundo de la escena, sea durante una función, por años enteros, o toda su existencia. En esta ocasión, el reconocimiento viajó de las manos del director Kalec Acosta a las del escultor Agustín Drake Aldama, Premio Provincial de Artes Plásticas, quien fue cartelista del Sauto, y hacia el Museo Farmacéutico de Matanzas, llevado por su directora, la imprescindible Marcia Brito. Rediseñada para el “Nuevo Sauto” –como le llamó en otra reapertura Alicia Alonso–, la Distinción es una pieza escultórica que reproduce en bronce una de las lunetas del teatro, obra del taller de Osmany Betancourt, “El Lolo”.

Aún con el bullicioso Mambo no.5 en sus oídos, todos cuantos quisieron entraron al interior del edificio, en cuya escena los esperaban los actores Mercedes Fernández y Pancho Rodríguez (grupo El Mirón Cubano) con fragmentos de la obra Concierto para Aurora, dirigida por Rocío Rodríguez Fernández. Nueva sorpresa: la soprano Vanessa Herrera, quien desde el palco principal llenó el Sauto entero con su voz poderosa en una Damisela encantadora y tan perfecta que el propio Lecuona hubiese amado.

Fotos, elogios, preguntas, la oportunidad casi única de ver actuar el mecanismo que sube o baja la platea, completaron el festejo público de este aniversario 155, que continuaría en la sala de conferencias con las sesiones del V Encuentro Nacional de Teatros Cubanos del siglo XIX: perfecta extensión para un día tan lleno “de patria y amor”.


 

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